Editorial: "Confianza en nuestra institucionalidad"

Los hondureños atravesamos por circunstancias especiales que demandan volver hacia nuestras propias fortalezas. Sí tenemos capacidad para generar respuestas a las dificultades. Sí existen potencialidades para robustecer las instituciones.

Los hondureños nos hemos encaminado sobre una línea de pensamiento equivocada que, tristemente, hemos hecho nuestra más por imposición que por convicción.

Y es que hemos llegado al punto de creer que nuestra institucionalidad es fallida, que tocamos fondo en la búsqueda de respuestas a nuestros problemas y que nuestro país ya no es viable.

Es manifiesta la pérdida, si no es que el declive de la confianza en nuestras instituciones, una materia en la que deberíamos reflexionar con voluntad legítima, sabio razonamiento y compromiso nacional.

Porque se nos ha inculcado un principio deformado respecto a que la respuesta a nuestras crisis en los ámbitos político, jurídico, social y económico necesariamente ha de ser dictada desde afuera.

En apego a tal concepto es que nos aferramos a que únicamente los organismos con amplias potestades integrados por personajes foráneos pueden construir modelos eficaces y creíbles de funcionamiento de nuestra institucionalidad.

En amplios segmentos de la sociedad hondureña se ha cultivado una conciencia de subordinación que ha dañado nuestra dignidad y que nos ha hecho tambalear en la firme posición de defensa de nuestro patriotismo.

Son diversos los referentes de opinión pública que insisten en que los hondureños no hemos sido capaces de darle sostenimiento ni razón verdadera a la armazón de nuestro Estado de Derecho.

Hemos enfrentado, en diversos tramos de nuestra historia, vicisitudes que han colocado en riesgo nuestro ordenamiento constitucional y atravesado crisis que han quebrantado la unidad social y la identidad hondureña.

A pesar de todo esto hemos sobrevivido. Tampoco nos hemos convertido en un Estado fallido. Se han mantenido en pie esfuerzos encaminados a restablecer el orden y la concordia y a recomponer las piezas dislocadas de nuestra realidad.

Los hondureños atravesamos por circunstancias especiales que demandan volver hacia nuestras propias fortalezas. Sí tenemos capacidad para generar respuestas a las dificultades. Sí existen potencialidades para robustecer las instituciones.

Es verdad que, en nuestra condición de país integrante de una comunidad global, requerimos del acompañamiento externo para llevar a término cruciales proyectos nacionales.

Pero esta providencia no debemos confundirla con una actitud de entrega o de suplantación de nuestro derecho de determinación ni mucho menos con la posibilidad de ceder nuestra integridad patriótica.

Ello tiene que ver con una renovación de nuestra confianza en el andamiaje institucional y de la unificación de nuestro trabajo en la elaboración de un esquema de manejo de la cosa pública genuinamente hondureño.