Los hondureños le hemos dado la bienvenida a un nuevo año que se perfila complejo, con muchos desafíos que se deben enfrentar con decisión. Abrigamos la esperanza que esta jornada que nos espera, sea próspera y llena de realizaciones para todos los sectores, en especial para los compatriotas que se encuentran en franco estado de fragilidad socio-económica. Todo dependerá de que la clase política, tanto los que van a asumir el poder del país como los que el pueblo designó para hacer una oposición legítima y constructiva, enfoquen sus acciones en el consenso de un proyecto de país que haga posible que Honduras salga de su rezago. Bien vale que nuestros políticos tomen lección de la caída del dictador venezolano, Nicolás Maduro, que violentó la voluntad de su gente, que sometió a su pueblo a un régimen absolutista y que lo sumió en la pobreza. Y es que cuando los impíos gobiernan, el pueblo gime. La situación por la que atraviesa nuestro país es bastante pedregosa, pero mientras exista fe en nuestra capacidad para transformar la realidad y en tanto pongamos nuestra confianza en el Ser Supremo, las puertas hacia el cambio estarán abiertas. Resulta difícil transitar desde un camino lleno de avatares hasta un sendero floreciente. Todo depende del trabajo que realicemos para lograr ese objetivo o del empeño puesto en el mismo. Somos un pueblo que hemos enfrentado adversidades y situaciones llenas de sufrimiento. En nosotros persiste el anhelo de crear condiciones especiales que nos lleven a un mejor estadio. Dos mil veintiséis se presenta como un período duro. Las expectativas económicas no son tan buenas como deberían, las proyecciones dicen que la desigualdad social tenderá a agudizarse y la crisis poselectoral ha dejado heridas abiertas, posiciones polarizadas y una institucionalidad muy debilitada. Nuestro reto enorme sigue invariable: vencer los obstáculos que han hecho que las mayorías sigan viviendo en condiciones indignas e injustas. MIRA: Editorial HRN: En busca del bien común Precisamos imprimirle más fuerza a la batalla contra la pobreza, la indigencia, el desempleo y los altos niveles de corrupción, impunidad y violencia criminal que nos colocan en estado de debilidad. Necesitamos empujar con denuedo y confiar en que las cosas pueden cambiar para bien, creer que es posible disipar los nubarrones que se ciernen sobre nosotros y que hemos de salir airosos de este trance, toda vez que establezcamos claramente los objetivos de país. Con la mirada puesta en la construcción de un mejor destino y con la esperanza de convertir en realidad los propósitos individuales y colectivos, todos debemos trabajar para construir un venturoso 2026, sobre la base de los acuerdos, no de la división; de la paz, no de la anarquía; de los compromisos sinceros, no de los planes perversos; y de los intereses nacionales, no de las conveniencias de grupos que sólo han querido destruir Honduras. VEA: Editorial HRN: tiempo de misericordia, reconciliación y paz