La democracia sin transparencia , más los vacíos en la gestión y prevención de la corrupción , nos vuelven a dejar mal parados como país en el Índice de Percepción de la Corrupción en el mundo. La evaluación que Transparencia Internacional hizo de la gestión pública hondureña , en el último año, volvió a aplazar la actuación de los servidores públicos y a dejar en evidencia la falta de transparencia en el ejercicio del poder . Un aldabonazo para una clase política que sigue negando los principios de legalidad y rendición de cuentas , esenciales en cualquier régimen democrático, menos en el hondureño. Una pena para una sociedad a la que no se le rinden cuentas, que no tiene acceso a la información sobre la actuación de las y los servidores públicos ; un contexto en el que el ejercicio del poder oculta el proceso de toma de decisiones a la mirada de la ciudadanía. Pero nuestra ubicación, en la cola del Índice Mundial de Percepción de la Corrupción , no nos debe sorprender. Tampoco es una casualidad que nos hayamos ido quedando atrás en la calidad de la democracia . No en vano es el acuñamiento del término “elecciones estilo Honduras”, por ejemplo. Es que esta rancia clase política partidista no dimensionó nunca el riesgo en el que tiene a la democracia inclusiva y participativa . No entendió nunca -a pesar de la volatilidad atizada- que precisamente la conflictividad política y social que ha estado a punto de incendiar el país, la ha generado el manoseo, la componenda y la falta de transparencia, monedas de curso corriente en una institucionalidad democrática, pero electorera. Un sistema colapsado por el fraude y la corrupción . La institucionalidad gobernante que se ha alternado en el ejercicio del poder, no ha parecido importarle la calidad de la democracia , como garantía de los derechos del ciudadano . Que este informe que recién acaba de publicar Transparencia Internacional, y que de nuevo, nos deja mal parados ante el mundo en la lucha contra la corrupción , provoque por fin una reacción de exigencia y reclamo de la sociedad hondureña, hacia estadios que puedan crear condiciones hacia una mejor gobernanza que nos garantice la continuidad de políticas dentro de una estrategia nacional de desarrollo. No dejemos, por más que los políticos no lo quieran, de anhelar la esperanza de que un verdadero y genuino liderazgo político recoja el anhelo ciudadano de una profunda transformación, en reformas electorales profundas , por ejemplo, ahora que recién se vuelve a hablar del tema, para perfeccionar esta frágil democracia. Para cambiar nuestras condiciones de vida hay que exigir resultados a los servidores públicos. Erradicar la corrupción, combatir la pobreza, frenar la violencia, dependerá de que pongamos clara a nuestra clase política. VEA TAMBIÉN: Editorial HRN: Unidos por el desarrollo de Honduras