El mandatario republicano, Donald Trump, cerró la aplicación “CBP One” que permitía gestionar la petición de asilo, anunció la apertura de la Secretaría de Impuestos Extranjeros y lo que es más representativo aún: dio vía libre para las redadas e impuso una pausa de 90 días para los programas de asistencia exterior, con el fin de evaluar la eficiencia de los mismos y la coherencia de los países beneficiarios con la política internacional de Estados Unidos.

Estas medidas adoptadas en las primeras horas del nuevo mandato de Trump deberían de llamar la atención de los funcionarios gubernamentales, porque pone en tambaleo la economía del país con una eventual decisión de gravar las remesas. Con razón, nuestra comunidad de emigrantes es presa de la zozobra.

Están en la cuerda floja, porque seguramente no serán extendidos los permisos de trabajo que, por el contrario, Sí fueron concedidos a los emigrantes salvadoreños.

Y es que el régimen refundacional ha tomado distancia con Washington por razones ideológicas. Los que proclaman el socialismo democrático han mantenido una vinculación tirante con la Embajada de EE. UU. en Tegucigalpa, a cuyos representantes han acusado de injerencia.

Además de coquetear y acercarse a regímenes dictatoriales, la administración de la presidente Xiomara Castro Zelaya ha dado paso a la intolerancia al haber amenazado con expulsar la base militar de Palmerola si la administración estadounidense recién inaugurada concreta la expulsión de emigrantes hondureños.

No olvidemos que un sector de políticos estadounidenses ha presentado una propuesta dirigida a que sea suspendida toda la ayuda militar a Honduras que ronda los 2,700 millones de dólares.

El Poder Popular no ha reflexionado sobre las graves repercusiones que trae consigo la línea de hostilidad que Tegucigalpa ha mantenido respecto a Washington.

No se trata de alentar una ideología antimperialista como se enorgullecen en afirmar la gobernante y los funcionarios de Honduras, sino de reconocer una realidad: Estados Unidos es nuestro mejor aliado, nuestro histórico socio y el destino de más de un millón de compatriotas que han emigrado en busca de oportunidades.

Somos cada vez más dependiente de las remesas de los compatriotas que se vieron forzados a abandonar su tierra. Si no fuera por este flujo de recursos que el año pasado llegó a unos 9,500 millones de dólares, nuestras finanzas estuvieran en mayor desorden.

El Gobierno tendría que estar ocupado en crear un clima de desarrollo para garantizar una vida digna; esto es, construir una visión de país y un plan de nación.

¿Es prudente, entonces, que nuestro Gobierno haya mantenido un discurso de amenazas lanzadas a Estados Unidos? Estamos frente a las consecuencias de esos “arrebatos político-ideológicos del gobierno de la refundación.

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