El endeudamiento y el pago de sueldos y salarios son los objetos que absorben el mayor porcentaje de los impuestos recaudados y que, además, son cuentas que siguen al alza, en menoscabo de la estabilidad fiscal, el crecimiento económico y el bienestar social.
Los propios reportes de la Secretaría de Finanzas revelan que, en promedio, la recaudación de impuestos ha sido de 14,000 millones de lempiras, pero los gastos corrientes rondan los 18,000 millones cada mes.
Los tributos que pagamos los hondureños se han ido -en su mayoría- en el pago de sueldos y salarios a los empleados y funcionarios públicos que ha absorbido unos 8,500 millones de lempiras mensuales y en el servicio de deuda que demanda unos cinco mil o seis mil millones de lempiras en el mismo período.
La masa salarial, entonces, se ha convertido en una especie de saco sin fondo si partimos del hecho que la partida para cubrir las remuneraciones de los servidores públicos aumenta entre ocho mil y diez mil millones de lempiras anuales.
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No hay una reorientación de nuestros impuestos a la inversión social, a dinamizar la producción de bienes y servicios, a la contratación de más médicos especialistas ni a la creación de empleos para más de la mitad de la población hondureña en edad de trabajar que no tiene un empleo.
Los presupuestos como instrumentos de combate a la pobreza y de inversión social han sido un fracaso; más bien, han servido como mecanismos para sacrificar aún más a los sectores vulnerables de nuestra sociedad.
Los momentos apremiantes que vive el país demandan que se retome el control de las finanzas públicas con una visión coherente, un enfoque social, rigurosidad en la utilización de los recursos que provienen del pago de impuestos, con el fin de planificar el desarrollo social de Honduras.
Necesitamos un presupuesto general que, que en lugar de mantener a raya el gasto corriente y en vez de tomar los tributos como un botín, más bien se convierta en un instrumento de desarrollo.
El Gobierno tiene que trabajar en una herramienta de gastos y de ingresos con equilibrio y coherencia.
Si la inversión y los rubros vitales y sensibles como la infraestructura, el aparato productivo y los programas de impacto social no son prioridades, entonces seguiremos en caída libre hacia el despeñadero económico.
Es la hora de corregir los entuertos cometidos al orientar nuestro presupuesto y nuestros impuestos al gasto, en desmedro de las mayorías desposeídas.
Es urgente que sean adoptadas acciones de política que verdaderamente se reflejen en la reducción de la pobreza, la sostenibilidad de nuestras finanzas y en el desarrollo social y económico de Honduras.
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