La emigración irregular es la manifestación de una verdadera crisis humanitaria. Los hondureños abandonan su tierra porque ya perdieron toda esperanza de que su situación va a mejorar en Honduras, donde parece que se acentúan la represión política, la opresión económica y el marginamiento social.
Es un drama de gran escala. Los “expulsados” de nuestro país exponen su vida en tierras extrañas en busca de los recursos que le permitan salir de su precariedad económica y social.
Cada vez son más los compatriotas que ya no tienen confianza en que las autoridades de turno pongan en marcha políticas tendientes a detener el declive económico, la fragilidad social y el acecho de los corruptos que anualmente se roban no menos de tres mil millones de dólares.
Estas desgracias condenan a casi siete de cada diez hondureños a la pobreza, a dos millones de personas a problemas de empleo y a 300,000 hogares que son víctimas de la extorsión.
Se estima que entre 800 y 1,000 hondureños salen diariamente hacia Estados Unidos, muchos de ellos en caravana, aunque los funcionarios de Cancillería le resten importancia al éxodo de compatriotas y hasta se atrevan a decir que la emigración irregular es un fenómeno que se produce “porque sí”.
No tenemos conocimiento que Honduras haya planteado una propuesta para regularizar el estatus migratorio de los nacionales, encontrar una respuesta a las solicitudes de protección social y obtener una contestación a las peticiones de asilo por razones humanitarias.
Si quiera es seguro que el Gobierno de Estados Unidos extienda el Estatus de Protección Temporal para los compatriotas. Los señores del Ministerio de Relaciones Exteriores se han limitado a repetir que los salvadores ya recibieron la ampliación del TPS y que el Gobierno de Donald Trump anunciará en el tiempo establecido para la designación su decisión respecto a la comunidad de emigrantes hondureños. ¡Qué conformidad!, ¿no?
Lo cierto es que no terminamos de entender el porqué de la indolencia para tratar un problema tan complejo que hasta ahora solamente se ha visto como una forma para obtener el alivio de nueve mil o diez mil millones de dólares anuales en remesas.
Nuestras autoridades, las pasadas y las presentes, han pecado por una actitud de tal parsimonia frente al drama de una muchedumbre de emigrantes que se desplaza desordenadamente con todas y cada una de sus consecuencias.
El flujo de peregrinos que huyen de la miseria que viven en nuestro país debe ser inmediata. Es una tragedia humana ante la cual no caben ni la demora, ni la apatía ni la insensibilidad.

