El recién pasado 12 de junio le celebrábamos a los estudiantes de nuestro país su día. Pero si hay algo por lo que, en lugar de conmemorar, deberíamos más bien de estar arrepentidos, es por lo que no hemos estado haciendo a favor de nuestros niños y niñas en edad escolar.
Entre 900 mil y un millón de niños siguen excluidos y fuera de las aulas de clases, mientras en el 2023, según un estudio de la universidad pedagógica nacional, 53 mil estudiantes desertaron; fueron prácticamente expulsados del sistema.
La dramática realidad de país reflejada en una escuela pública excluyente, pero por lo que ya no hay espacio ni aliento para seguir lamentándonos. Ya mucho tiempo hemos perdido, sólo “llorando por la leche derramada”, mientras cada año aumentan las cifras y porcentajes de alumnos desalentados y frustrados con las condiciones en las que son educados.
Las deplorables condiciones del sistema educativo público son ya de permanente data y reiterativo abordaje. Nada hemos ganado con solo estar “calentándonos la cabeza”, en este círculo vicioso de cifras e indicadores, de porcentajes y estadísticas comparativas.
Hoy, el gran e inaplazable desafío es cómo salir de este oscurantismo formativo de vida y desarrollo socioeconómico. Qué vamos a hacer para instaurar un sistema educativo inclusivo, para democratizar la educación, para solventar las problemáticas estructurales, para promover un estamento pedagógico formativo propio, para estructurar políticas educativas inclusivas, para generar mayores oportunidades para todos en el acceso a la educación con pertinencia y calidad.
Más allá de la escasa sensibilización ciudadana y de las casi inexistentes políticas educativas públicas e inclusivas, la formación integral del nuevo hondureño a través de la educación funcional y de calidad es la tarea más urgente que como sociedad tenemos que impulsar.
La institucionalidad por sí sola no lo pudo hacer y no lo podrá hacer ya. Es como sociedad que debemos tener claro lo que un pensador americano apreció: la educación es fundamental para la felicidad social. La educación es el principio en el que descansan la libertad y el engrandecimiento de los pueblos. No se desarrolla social y económicamente una nación sin un capital humano bien capacitado, bien formado, iluminado a la luz del saber. La formación del estudiante hondureño tiene que ser, como lo proclamó el sabio valle, la primera necesidad de un país.
Ya dejamos pasar mucho tiempo hablando nada más de cifras e indicadores, y de proyectos en teoría, y de la necesidad de promover un replanteamiento sustantivo de nuestra educación, y de que tenemos las potencialidades para alcanzar a países vecinos como Costa Rica. ¡Nuestro proyecto educativo y formativo más ambicioso tiene que ser ahora el estudiante!
El más grande desafío de la sociedad hondureña es la formación integral de su mayor capital humano: el nuevo estudiante. Convengamos en la necesidad de ese replanteamiento sustantivo. Sin trabajar hacia ese objetivo común no será posible ninguna mejoría significativa, sostenida y duradera en la vida de los hondureños. Es la hora de generar una expectativa comunitaria de desarrollo y riqueza a largo plazo a los niños y jóvenes de Honduras. ¡Quienes sólo reciben una mínima escolaridad tienen menos oportunidades de bienestar!

