Si hay algo que siempre hemos tenido -pero que bien claro- es que mientras la corrupción, la falta de transparencia y la reticencia a rendir cuentas sigan siendo moneda de curso corriente, difícilmente vamos a poder ver la luz al final del túnel y atisbar en el horizonte, un despegue económico y social.

Con un indicador en la percepción de la corrupción que nos sigue ubicando como el cuarto país más corrupto del continente, según el informe presentado ayer por el capítulo local de Transparencia Internacional, más lejos nos sentimos, sin duda, de un sistema regido por un ordenamiento político, jurídico, económico y social, que asegure todos nuestros derechos ciudadanos, que nos abra las mismas oportunidades, que nos genere las expectativas al bienestar colectivo.

Una sociedad en la que la libertad de empresa, un boyante sector emprendedor, la seguridad ciudadana y el bien común estén, inalienablemente, por encima de los intereses del poder político, económico, y de las camarillas que en contubernio han gestado las más deleznables conspiraciones contra Honduras.

Imagen de cuerpo de nota

Pero no podemos seguir siendo más lo mismo. Como sociedad tenemos que rebelarnos a seguir siendo el país en donde la impunidad y la turbiedad hagan crecer más las raíces. No más a este marco jurídico que prácticamente legalizó la secretividad y legitimó la sospecha.

No más al país cuyos estamentos legales no le pueden revelar a su pueblo qué empresas le venden al estado. No más a los secretos oficiales que han blindado a la cuestionada institucionalidad del escrutinio de su propia ciudadanía, mientras conspira contra los inalienables principios de la libre expresión, de la seguridad jurídica, de la competitividad y de la libre empresa

Los subterfugios y aun las sospechas en el manejo de la cosa pública no pueden impunemente seguir “saliéndose con la suya”.

Nada, pero que nada que conspire contra la transparencia, la rendición de cuentas, y contra el peor flagelo que nos ha azotado como sociedad, la corrupción pública y privada, debe seguir teniendo carta de ciudadanía en Honduras.

Honduras no puede seguir siendo caldo de cultivo de la maña, la sospecha, y menos, de la corrupción.

Llegó el tiempo de que la rendición de cuentas no sea la excepción sino la regla y que de una vez por todas le demos el tiro de gracia a las restricciones que conspiran contra la transparencia, la seguridad jurídica, la competitividad y la honradez