Dentro de unas horas habremos dejado atrás 2024, un año en el que nuestro país ha entrado en una etapa de mayor postración de la economía, debilitamiento o distorsiones de las finanzas y de sobresaltos políticos e ideológicos.

Nuestro Estado de Derecho ha continuado su proceso de deterioro y nuestra democracia sigue muy lejos de su sentido de participación e inclusión y la situación socio-económica de la mayoría de la población es precaria.

Dos mil veinticuatro ha sido un año difícil en casi todas las áreas de nuestro ordenamiento. Somos un país golpeado por la desigualdad social, los insuficientes niveles de crecimiento económico, la violencia criminal y la corrupción.

Se trata de algunos de los problemas endémicos con los que hemos cargado los hondureños y que son una derivación de muchos factores, como la ausencia de políticas públicas y la pérdida de confianza de la población en las instituciones.

Con todo, nos hemos mantenido en la línea de la sobrevivencia. Al menos no tocamos fondo todavía, si hemos de hacer un balance general de nuestras dificultades, unas estructurales y otras de coyuntura.

Dos mil veinticinco será un año en el que vamos a acudir a las urnas otra vez para elegir a nuestras autoridades. A pesar de todo, los hondureños hemos decidido darle un voto de respaldo a la democracia, porque guardamos la esperanza en que pueden venir tiempos mejores para nuestro país.

Estamos a punto de decirle adiós a 2024, a darle la vuelta a la hoja y a abrir las puertas a 2025, un año que trae aparejados muchos desafíos para las autoridades que están por entregar el poder de la nación y a facilitar el relevo en la administración del Estado.

El reto para nuestro país sigue invariable: intensificar nuestra lucha para vencer los obstáculos que han relegado a las mayorías que reclaman mejores condiciones sociales y económicas.

Es preciso imprimirle más fuerza a la batalla contra la pobreza, la indigencia, el desempleo, la inequidad social, el desequilibrio económico y los altos niveles de deshonestidad, impunidad e inseguridad que nos colocan en estado de vulnerabilidad.

Necesitamos empujar con denuedo hacia la transformación de nuestra Honduras y confiar en que las cosas pueden cambiar para bien, creer que es posible disipar los nubarrones que se ciernen sobre nosotros y tener esperanza en que saldremos airosos de este trance, toda vez que construyamos juntos un plan de país y un proyecto de nación.

Con la mira puesta en la edificación de un mejor destino y con el anhelo de convertir en realidad los propósitos individuales y colectivos, los hondureños nos preparamos para darle la bienvenida a 2025.

¡Que la ventura y la gracia del Altísimo nos acompañe por este sendero en el nuevo año!