El drama de la población enferma: de sobra sabemos que el sistema sanitario público está en sus estertores. Tenemos una disminuida población de médicos y de enfermeras, lo que condena a los hondureños a morir lentamente.
Uno de los datos que retrata la podredumbre sanitaria es la mora quirúrgica. Se estima que al menos 14,000 pacientes esperan ser operados en nuestros ruinosos establecimientos hospitalarios estatales.
El drama de la población enferma
Para mayor contrariedad, esta masa de enfermos debe aguardar no menos de dos años para que les programen una intervención. En vez de aliviar esta deuda con los afectados que requieren una operación, más bien la mora quirúrgica tiende a elevarse.
¿Cuánto vale, entonces, la vida de los prójimos que languidece en tanto transcurre un plazo de hasta 48 meses para ingresar en el quirófano y evitar que su condición empeore y que su vida no languidezca?

Hay casos patéticos como el testimoniado a través de HRN, la emisora ligada al corazón del pueblo hondureño, por un hombre cuya intervención quirúrgica ha sido suspendida en siete ocasiones.
Reportes de organismos de la sociedad civil concluyen que, indudablemente, la sobrevivencia de nuestros compatriotas enfermos es apreciada en muy poco, ya que se impone -con todo su peso- la falta de sensibilidad, nobleza, compasión, dignidad, solidaridad y respeto a la vida.
Es nuestra gente con su salud quebrantada la que sufre en carne propia las carencias de la red de hospitales y centros de salud, la falta de médicos y de enfermeras y, lo que es más despreciable, la falta de voluntad de los políticos para rescatar nuestro sistema de salud.
Históricamente, la gestión sanitaria ha sido desastrosa. Ni antes ni ahora ha habido avances en una política asistencial coordinada; en sentido adverso, lo que prima es la conflictividad entre los diferentes actores del sector.
Por justicia, tiene que ser reivindicado el derecho de la población a recibir una atención equitativa, humanitaria y digna. Sigue siendo una tarea pendiente la recuperación del sistema sanitario hondureño que parece estar desahuciado.
Las autoridades de turno tenían el reto de llevar a cabo una reingeniería, a fin de construir un nuevo modelo de salud pública que garantizara la prestación de servicios de calidad y de amplia cobertura a la población.
Es un imperativo que se haga justicia a los pacientes, que prevalezca la compasión para quienes buscan salud y que se imponga el compromiso de los gobernantes con el pueblo, en lugar de sus intereses particulares, gremiales, políticos o populistas.
La discusión, entonces, tendría que girar en torno a la búsqueda de respuestas a todos los males del sector salud que prácticamente condenan a la mayoría de los hondureños a abandonarse a “morir en vida”.
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