Murmullos de asombro resuenan en otra galería mientras los visitantes fotografían a un bebé de cinco metros de largo manchado de sangre. El bebé yace en el suelo, con el rostro contraído en una mueca de recién nacido.

Durante más de 25 años, Mueck, quien trabajó como fabricante de marionetas para Jim Henson en “Plaza Sésamo”, ha construido figuras de silicón, fibra de vidrio y resina con un nivel de detalle inquietante.

Son esculturas tan reales como inanimadas. Jugando con las nociones de lo grotesco y lo siniestro, las obras de Mueck mezclan la ternura con el horror, distorsionando con frecuencia el tamaño de las cosas para inquietar a los espectadores y mantener su atención.

El público no se asusta. La última vez que la Fundación Cartier expuso la obra de Mueck, en 2013, fue la exhibición más popular de su historia, con 300.000 visitantes.

Las obras “hiperrealistas” tienen una técnica tan precisa que parecen fotografías: no se aprecian pinceladas, grumos de pintura ni costuras a simple vista. Este estilo se está extendiendo por todo el mundo y ha sacado a muchas galerías de la crisis de asistencia provocada por la pandemia.

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"Sembra Vivo! ("Parece vivo"), con 43 instalaciones, se expone hasta el 8 de octubre en el Palazzo Bonaparte de Roma, tras recorrer 13 ciudades, de Bilbao a Taipei. En Nueva York, las esculturas en traje de baño de Carole Feuerman se ciernen sobre Park Avenue.

A principios de año, la alta costura se sumó a esta tendencia con la colaboración de Louis Vuitton con Yayoi Kusama, la artista viva más costosa del mundo. Los escaparates de las tiendas de Londres, Nueva York, París y Tokio mostraban clones de Kusama, de 94 años, y sus lunares multicolores, que dejaban atónitos a los transeúntes, quienes intentaban distinguir si los robots eran personas reales.

El hiperrealismo tiene sus raíces en el detalle minucioso de las naturalezas muertas holandesas del siglo XVII, pero empezó a surgir en la década de 1960 con la obra de artistas como Chuck Close, Duane Hanson y, más tarde, Feuerman.

La agitación política y el cambio tecnológico en Estados Unidos inspiraron a los hiperrealistas (junto con los artistas pop) a centrarse en lo cotidiano. "No podía conseguir una galería", afirmó Feuerman respecto a sus primeros días en Nueva York, cuando la abstracción y el minimalismo dominaban el arte, pero ahora el aumento del interés es tan notable que a veces la pone nerviosa que la demanda supere la oferta, pues tarda hasta dos años en hacer una sola escultura.

La popularidad tiene sus inconvenientes. Siempre que el Museo de Arte Moderno de San Francisco (SFMOMA, por su sigla en inglés) expone sus dos esculturas de Hanson ("Hombre con escalera" y "Policía"), los curadores tienen que preocuparse por la seguridad, señaló Sarah Roberts, jefa de pintura y escultura del museo, ya que los visitantes suelen acercarse demasiado a ellas.

Las fotografías que toman los espectadores entusiastas figuran entre las publicaciones más populares del museo en las redes sociales. En TikTok (una aplicación para compartir videos en la que artistas como Marco Grassi, CJ Hendry y Emma Towers-Evans publican videos de sí mismos trabajando en sus creaciones, que toman mucho tiempo) la etiqueta #hiperrealismo tiene mil millones de visitas (en comparación con los escasos 30.5 millones de #abstracción).

Por un lado, estas obras son trampantojos muy divertidos, pero también hay algo más profundo en juego. Según Anne Cranny-Francis, catedrática de la Universidad Tecnológica de Sídney, contemplar una escultura de Mueck juega con la noción de lo físico.

El espectador tiene que mantener una distancia de seguridad, resistir el impulso de tocar y evitar desorientarse por la escala sorprendente. En la era de las pantallas, el cuerpo sigue siendo importante.

Gran parte del atractivo del hiperrealismo también reside en el entusiasmo por el trabajo artesanal de las obras, que los pintores o escultores pueden tardar semanas y a veces años en terminar. Nadie mira una obra hiperrealista y dice: "Yo puedo hacer eso", afirmó Maximilian Letzefue, uno de los organizadores de "Sembra Vivo!".

Por ejemplo, Hendry dedica hasta 80 horas a cada dibujo hecho a mano. Mueck ha realizado 48 obras en casi tres décadas de carrera. ("Es una producción al ritmo de Vermeer", se maravilló un crítico en 2013). En una época en la que la tecnología de la inteligencia artificial, como Dall-E, puede crear imágenes en un instante a partir de instrucciones sencillas escritas, tanto cuidado y trabajo marcan la diferencia.

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La escultura hiperreal puede ser difícil de vender a compradores privados, a menos que sean tipos extravagantes que buscan algo impactante para poner en la sala, señaló David Knowles, de Artelier, una consultora de arte británica. Es más probable que sus clientes busquen cuadros hiperrealistas.

Ver para no creer

Lo cierto es que la mayoría de los iniciados en el mundo del arte aborrecen el género por considerarlo burdo, comercial y poco imaginativo, más espectáculo que sublime. Un crítico calificó la obra de Feuerman de "chuchería llamativa"; otros dicen que la obra de Mueck es similar a una figura de cera de la colección de Madame Tussauds.

A los ojos de los verdaderos coleccionistas, las obras son el equivalente de elaborados pasteles dignos de publicarse en Instagram: divertidas de fotografiar y publicar en internet, pero difícilmente atemporales.

No obstante, el hiperrealismo también puede atraer a la gente a museos y galerías que, de otra manera, les resultarían intimidantes, aseveró Roberts, del SFMOMA. Y en la era de la inteligencia artificial, algunos creen que la obra tiene una relevancia nueva. A los humanos no se nos da distinguir entre personas y falsificaciones.

En junio, académicos del University College de Londres descubrieron que, cuando se pedía a los participantes que identificaran si las imágenes de rostros humanos eran reales o generadas por computadora, estaban seguros de poder hacerlo; sin embargo, cualquier acierto se debía sobre todo al azar. Al menos con las obras de arte, tras un primer paso en falso, las personas salen de la galería sabiendo qué era real.

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