El fracaso técnico, el desorden administrativo y el desastre operativo en que ha caído la Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE), llevan a concluir que ha tocado fondo.
¿Hay que declarar la estatal en bancarrota, liquidarla y entregarla en manos privadas? Los más pesimistas sostienen que no hay más por hacer con fundamento en las calamitosas cifras que miden el desempeño de la institución.
Tiene una deuda acumulada de alrededor de 118,000 millones de lempiras, facturas por pagar a los generadores privados que ascienden a más de 20,000 millones de lempiras, un pasivo con los bancos nacionales y extranjeros que supera los 85,000 millones de lempiras y un endeudamiento de largo plazo que llega a los 70,000 millones.
De sobra es conocido que la estatal eléctrica entró hace muchas décadas en deterioro en todos los órdenes, por obra de algunos políticos inescrupulosos asociados con ciertos grupos económicos voraces, además de oportunistas en el arte de amasar utilidades sobre la quiebra de las cosas públicas.
La liberación del mercado para atraer la inversión privada, así como la división de la empresa en sus componentes de generación, transmisión y distribución es una vieja apuesta que no ha pasado de estar escrita en documentos.
La transformación de la ENEE y su partición en tres dependencias autónomas es un modelo contemplado en la Ley General de la Industria Eléctrica de 2014 para rescatar al sector energético. Sin embargo, ha enfrentado muchos obstáculos.
¿No es la declaración de muerte de la empresa para ser entregada al mejor postor? Este ha sido el argumento de quienes se pronuncian por que la ENEE siga siendo un patrimonio estatal.
En resumidas cuentas, la institución sigue siendo el agujero negro de las finanzas hondureñas. La Empresa de Energía Eléctrica está atrapada en la desgracia administrativa y en la incapacidad para entrar en el mercado de la competitividad.
No solamente los grupos de poder político y económico se han confabulado para “destruir” la institución. Un bloque de rancios sindicalistas que solamente han obedecido a propósitos desviados, han contribuido a cavar su sepultura.
La ENEE ha estado bajo el mando de comisiones interventoras en diversas etapas de su historia y en todas ellas ha resultado en un fracaso estrepitoso por la falta de voluntad de las autoridades de turno.
Puede ser que no haya respuesta al descalabro de la empresa. Lo que sí es un hecho es que no hay que dejar que se hunda y que arrastre todo el sistema económico y fiscal de Honduras.
¿Acaso hay tiempo para devolverle los signos vitales a la ENEE y rescatar nuestras instituciones de servicio público emblemáticas?
Todo depende de la oportunidad y diligencia con que sean tomadas las políticas para corregir el rumbo accidentado de la estatal eléctrica.

