Los datos estadísticos lo demuestran. Tenemos seis universidades públicas y 15 privadas. La población de estudiantes no llega ni al 20 %, mientras en Costa Rica este indicador es próximo al 30 por ciento, en El Salvador es del 20 por ciento, en Honduras es de 17 por ciento y en Guatemala es de 16 por ciento.

Los estudios muy especializados hacen hincapié en que las probabilidades de que un graduado de la universidad sea pobre, es solo del dos por ciento; mientras que alguien que no culminó su instrucción básica tiene una posibilidad de 78 por ciento de alcanzar esa condición.

Además de que contamos con una enseñanza superior excluyente, la población minoritaria que logra culminar su formación universitaria tiene motivos más que suficientes para estar frustrados.

La pobreza de nuestra educación superior

Y es que, de diez mil egresados, únicamente dos mil encuentran empleo. El resto se ve obligado a buscar su sobrevivencia en la economía informal o emigrar para dedicarse “a lo que sea” y ganarse la vida “a como dé lugar”.

Ya de por sí, la educación superior de Honduras adolece de un grave problema como lo es su desvinculación de los otros niveles de enseñanza.

Nuestro sistema educativo, tanto en sus niveles básico y medio, como en su grado superior ocupan modestas posiciones entre los centros de mayor prestigio, rigor, desempeño académico y de investigación científica.

La academia nacional ha dejado de hacer investigación y de producir conocimiento científico. Además, está cada vez más divorciada de la realidad social, política y económica del país.

Cuando se trata de debatir los asuntos prioritarios de nuestro aparato educativo, lo que sobresale son los desacuerdos de los actores que se supone tendrían que hablar el mismo idioma en torno a los retos de la enseñanza superior.

A pesar de todo, no debemos desaprovechar la oportunidad de arrojar luces que permitan encauzar la academia y rescatar su incidencia en las cuestiones vitales del país.

El gran reto es modificar los modelos educativos y remediar el divorcio que hay entre el mercado laboral, la aplicación de las herramientas digitales y las habilidades del sistema de enseñanza superior.

Si no ocurre así, la enseñanza superior se volverá más irrelevante. Es un imperativo avanzar hacia programas de formación más flexibles en la educación superior, que permitan un acceso más democrático, una calidad alta y que estén en sintonía con los intereses de los jóvenes y con las necesidades de desarrollo del país.

Es indispensable recuperar el aprendizaje, la comprensión y la conectividad, y es una urgencia rescatar la educación del abandono histórico en que ha estado sumida.

Nuestro país necesita invertir un mayor porcentaje de su Producto Interno Bruto en la educación, porque hasta ahora la generación de conocimiento no ha sido una prioridad para el desarrollo.

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