Una conclusión a la que llegan sectores mayoritarios de nuestro país es que no hay voluntad para perseguir el delito e impartir recta justicia. Esto explica por qué el Código Penal que entró en aplicación en 2020 ha sido utilizado como un instrumento de impunidad. Ha habido resistencia a revisar ese cuerpo legal para enmendar los desaguisados que se cometieron en su aprobación, con el oscuro propósito de proteger a los corruptos y a las redes criminales. Las propuestas de reformas han estado engavetadas por varios años. Hasta ahora, no se conoce que los diputados de la comisión encargada de conocer el tema hayan llegado a algo concreto para subsanar las lagunas que presenta el cuestionado cuerpo legal. Reconocidos juristas nacionales concuerdan en que el Código fue elaborado para favorecer a los culpables de ilícitos graves; en otras palabras, para que el brazo de la justicia no alcance a los corruptos ni a los criminales organizados. Miembros del Consejo Nacional Anticorrupción, así como un segmento representativo de abogados y notarios, advirtieron en su tiempo que la normativa penal había sido un “mal parto” de sus creadores y de sus patrocinadores. Los personeros de la MACCIH, la institución que falleció a manos de los mismos políticos y de sus cómplices, también alertaron que el nuevo Código simplifica los tipos de pena e impone sanciones sin considerar el papel que los acusados juegan en las organizaciones ilícitas. Y entre la colectividad hondureña no hay duda de que los congresistas metidos en casos de malversación y saqueos de fondos públicos se confabularon para colocar trampas a la legislación penal y protegerse de investigaciones que condujeran a procesos judiciales en su contra. La percepción generalizada es que el Código Penal es un “escudo de impunidad”, porque –lejos de ser una herramienta para la impartición de justicia- reduce el castigo para los delitos, particularmente el fraude, la malversación de fondos y el lavado de activos. Por cuatro años se prolongaron las discusiones que finalmente llevaron a la aprobación de la legislación penal, pese a la férrea oposición de diversos sectores que demandaban un análisis más profundo de cada uno de sus artículos y sus alcances. ¿Ha sido, desde su nacimiento, una herramienta política? ¿Vamos a enredarnos en un nuevo debate alrededor de las enmiendas al Código Penal? Al fin y al cabo, lo que importa no es darle vigor a una extensa legislación penal si ésta no tiene aplicación efectiva, ni acción rigurosa, sino una interpretación acomodada o arbitraria. No viene a provecho que se endurezcan las penas si en las cúpulas de poder se tejen más telarañas para entorpecer la impartición de justicia y obstaculizar el castigo a los delincuentes de toda laya.