Al haber entrado al mes de la patria y a tres meses de nuestra cita cívica y democrática, vuelve a ser necesario remarcar la premisa de que los valores que enaltecen nuestro patriotismo deben estar asociados a las aspiraciones que decimos abrigar por una sociedad solidaria, igualitaria y fundamentada en el bien común.

Los partidos políticos y aspirantes a cargos de elección popular deben ser también corresponsables del bienestar colectivo y de un mejor futuro para esta nación.

¿O es que acaso no es también la aspiración que deben tener los 40 mil candidatos postulados, quienes dicen ser, autoabrogados o no, representantes de nuestros ideales de bienestar?

Y justo cuando el cronograma electoral ha marcado el inicio de la propaganda política y de las actividades proselitistas abiertas, uno esperaría que los casi 3 mil candidatos y candidatas, aspirantes a ocupar los 2,988 cargos de elección popular, además del compromiso asumido, ponderen en el centro de sus mensajes propuestas claras y viables para facilitar la vida de los ciudadanos que quieren representar. Es su tiempo de empoderar las propuestas y los argumentos.

Campaña política y calidad democrática

Que ya no sean campañas en las que el objetivo del candidato sea desacreditar al adversario político, en detrimento de la propuesta y de las soluciones que dicen tener para los problemas y necesidades de la gente.

Campañas sin más contenido que la descalificación, las promesas y el “bailecito”, que evidentemente no resolverán las carencias del ciudadano votante.

Son muchos los frentes que Honduras tiene abiertos y para los que se requieren acciones y decisiones urgentes. El primero es, sin duda, comenzar a avanzar hacia una democracia de calidad.

El Índice de Democracia, indicador mundial que establece la calidad democrática de los países, nos sitúa —como tantos otros indicadores— en la cola.

Honduras necesita avanzar para salir de su subdesarrollo económico y social, hacia procesos electorales plurales que fomenten la competencia política justa, que predispongan a la ciudadanía, en el marco de una nueva cultura política, a contribuir al debate público.

Elecciones que garanticen las libertades civiles y los derechos básicos de las minorías por las cuales los políticos dicen luchar.

Sólo en las sociedades que avanzaron en sus indicadores de calidad democrática —donde la institucionalidad pública y la clase política pudieron generarle al ciudadano credibilidad, respaldo público y, sobre todo, legitimidad— se marcaron positivamente las diferencias.

Después están los países como Honduras, donde los partidos políticos y sus procesos electorales son los peor evaluados.

Los hondureños no queremos más campañas sin contenido; ya no más expectativas generadas por compromisos disfrazados de consignas publicitarias y dogmatismos estériles, ni discursos que nada aportan a la construcción de una agenda nacional.

El país está en cuidados intensivos y la gente en condiciones precarias. ¿Quién se va a conformar, bajo estas circunstancias apremiantes, con solo abstractas ofertas para solventar sus necesidades?

¡Los candidatos tienen en este nuevo proceso la gran oportunidad de apostar por campañas que ayuden a restablecer su imagen, pero que en esencia constituyan el tejido en el que se estructuren propuestas y soluciones a la agobiante problemática social del pueblo hondureño!

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