Las enfermeras auxiliares y el Gobierno han recrudecido su confrontación. Como siempre ocurre en los conflictos en salud, la peor partida se la llevan los pacientes que sufren el impacto de un sistema sanitario en cuidados intensivos.

Las acusaciones recíprocas han sido de “alto calibre”. La ministra Carla Paredes recriminó a las empleadas sanitarias que su salario es alto, pese a que su formación sólo lleva dos años, que tienen más de 50 días de vacaciones y que, adicionalmente, gozan de alimentación y bonos para uniformes y calzado.

En réplica, las enfermeras y enfermeros auxiliares han denunciado que no reciben todos esos beneficios, se han preguntado ¿dónde están todos esos fondos?, han acusado que se les provee de alimentos infestados de gusanos y exigido la destitución de la funcionaria.

Conflictos en salud y clamor de pacientes

Está en desarrollo el levantamiento de actas, con vistas a llevar a las trabajadoras sanitarias a audiencias de descargo. El problema de fondo es que las posiciones son intransigentes y el conflicto se ha ido de las manos.

¿Quién vela, entonces, por el derecho irrenunciable a la salud de la población? ¿A quién le interesa que el pueblo muera en el intento de acceder a los maltrechos servicios de salud pública?

Los especialistas emigran del sistema público, el abastecimiento de medicinas sigue siendo incierto, los pacientes son obligados a esperar varios meses para programar una cirugía y los equipos para estudios especiales no funcionan.

El sector salud sigue atrapado en un enjambre de exigencias salariales, demandas sociales y movimientos de reivindicación de los diferentes actores del sector.

Las crisis se convirtieron en un común denominador, tanto aquéllas surgidas por razones laborales como las motivadas eventualmente por la falta de medicamentos y suministros, e incluso por los conflictos fabricados bajo los juegos políticos.

Lamentablemente, los profesionales a quienes se ha confiado la rectoría del Ministerio de Salud han dejado en entredicho su capacidad para gestionar las políticas del sector y mantener el buen gobierno sectorial.

Los secretarios de Salud y sus subalternos, los anteriores y los que fungen en tales responsabilidades, se escondieron en su despacho, se aislaron de sus asociados naturales, guardaron silencio o entraron en complicidad con las redes oscuras que crecen en el sistema sanitario. 

Nuestro sistema sanitario está contaminado y hundido en la podredumbre. Siempre se le ha considerado como un sector altamente sensible a los conflictos crónicos.

El estado de nuestros servicios de salud es calamitoso. Literalmente se encuentra en coma, sin esperanzas de recuperar sus signos de sobrevivencia.

Así será mientras los pacientes no sean colocados en el centro de una política pública que privilegie la calidad del servicio y un trato equitativo y humano para la población enferma de nuestro país.

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