El fallecimiento del papa Francisco ha generado consternación en el pueblo católico, pero también entre otros círculos de influencia alrededor del mundo.
Y es que, independientemente de su credo y de su religión, los diferentes sectores críticos y grupos de opinión político-religiosa han hecho notar estos días la predominante figura y el legado de Jorge Mario Bergoglio.
El arzobispo de Buenos Aires, Argentina, que luego se convirtió en obispo de Roma, impulsó la transformación de la Iglesia católica, se proclamó abanderado de los derechos de los emigrantes, se declaró defensor de los pobres y se manifestó en contra de la corrupción, la violencia y la injusticia.
Encima de ello, se destaca del líder religioso un discurso basado en la humildad, la sencillez y la importancia de que los humanos se esfuercen por construir puentes de entendimiento y no levantar muros de división
Editorial HRN: futuro de Honduras
¡Cuánto nos hace falta en Honduras meditar sobre estos principios y reflexionar respecto a la realidad de nuestro país y el futuro que nos depara en medio del estancamiento económico, la convulsión social y la degradación moral de nuestra sociedad!
En principio de cuentas, los servidores públicos deben “hacer el bien” sin pausa ni cansancio. Es un imperativo que en nuestro país abunden los funcionarios sensibles ante el dolor de la sociedad, en general; y las necesidades de los pobres, en particular.
La clase de dominio político tendría que tomar conciencia del papel que le ha encomendado “la voz del pueblo, que es la voz de Dios”.
Bien podríamos proclamar: “bienaventurados sean los servidores públicos que se esfuercen por cumplir una cultura de paz en Honduras”.
Su deber es velar porque el ejercicio del poder no sea utilizado para satisfacer sus ambiciones, ni para el tráfico de influencias, tampoco para los arreglos corruptos bajo la mesa, sino para procurar la justicia y el bien.
Y los gobernados estamos llamados a hacer realidad los postulados que hacen grande a un ser humano y a renovar los principios de la convivencia solidaria y armónica entre nuestra gente.
Todos tenemos el desafío patriótico y la obligación moral de promover una cultura de paz, de honradez y de dignidad, requisitos éstos sin los cuales no es posible ampliar las perspectivas de desarrollo de nuestro país.
Los hondureños hemos tolerado los abusos de quienes ostentan y han tenido el poder en distintos momentos de nuestra historia, y hemos aceptado la plantación del odio y el cultivo de la corrupción. No hay más cabida para estos comportamientos.
Provoquemos vientos de cambio. Hagamos nuestra la exhortación de los grandes líderes nacionales y de personajes de talla mundial, como el desaparecido papa Francisco, de “hacer el bien sin pausa y sin descanso”.
Hay que redimir a Honduras y conducir a nuestro pueblo por la senda de la justicia, de la paz y de la democracia.
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