Con una tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes, que en algún año de la última década alcanzó el 59.05 en porcentaje, Honduras llegó a convertirse en el país más violento del continente americano.
Algo dejó de hacerse entonces, para que, en los últimos 21 años, unos 93 mil hondureños hayan perdido la vida en esta interminable vorágine de violencia criminal que convirtió el territorio nacional en casi un cementerio general.
No se reaccionó, sino apenas con medidas 'apagafuegos' y desesperadas estrategias cortoplacistas, que no sirvieron para cortar el mal de raíz.
Han sido tiempos de crisis, de maldad extrema, una emergencia nacional sin precedentes, mientras la clase política y la institucionalidad de turno, sumían a la sociedad hondureña en la confrontación, en la polarización, en atizar los revanchismos partidistas.
Mientras la criminalidad operaba a sus anchas, cobrándose vidas valiosas y robándonos completamente la paz y la tranquilidad, los disensos y las venganzas político partidarias, conspiraban contra el bien común, contra el bienestar general y contra la prosperidad social y económica de la sociedad hondureña.
Hoy, cuando el país sigue sumido en esta vorágine de violencia y criminalidad, de temor generalizado, el mensaje de cohesión, objetivos comunes e intereses colectivos, parece seguir colgado en los 'cuernos de la luna'.
La oposición política, y uno que otro sector con algún o mayor grado de animadversión al gobierno de Asfura, parecen ya empecinados en querer torpedear el plan de seguridad pública que la nueva administración del país pretende instaurar a partir del denominado Modelo Bukele.

Por eso es que no se avanza en Honduras ni se sientan las bases para lograr un crecimiento elevado y sostenible que nos lleve a estadios dignos de bienestar y paz social, la única forma o la forma más conocida de construir y hacer perdurable un sistema de vida que, a la vez, sustente una democracia auténtica e inclusiva.
Y cuando comportamientos como los que la clase política, ahora en la oposición evidencia, entonces la concepción universal del bien común se pierde en esa maraña de cálculos, mezquindades y revanchismos que solo vuelven más los endebles los ya de por sí frágiles escenarios de estabilidad y certidumbre que aún se mantienen en pie.
Antes que torpedear desde una visión partidaria y desde el cálculo electoral, es un imperativo devolverle el sosiego y la paz a la familia hondureña, para que el país pueda volver a tener certidumbre y encontrar así el camino hacia la prosperidad social, económica y productiva.
Es lo único que puede garantizar la viabilidad de Honduras como una nación cohesionada, equitativa y sostenible. Si ya no les fue posible unirse para construir las bases esenciales de la convivencia, hagan algo, los buenos políticos que aún nos quedan, para generar la certidumbre que necesita Honduras para encontrar el camino hacia su prosperidad social.
¡O asumen un compromiso con el bien común, con la unidad de la sociedad hondureña y el desarrollo comunitario, o terminaremos de hundirnos todos!
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