Las estructuras de base, así como el movimiento de piezas alrededor de las precandidaturas comenzaron de manera prematura en el seno del tripartidismo que domina el tablero político de nuestro país.
Los aspirantes que corren por más de tres mil puestos de elección ya se han presentado a la arena proselitista, pero ayunos de propuestas, con liderazgos muy frágiles, vacíos de un compromiso confiable y sin voluntad para sujetarse a las reglas de la transparencia y de la rendición de cuentas.
La agitación en las filas partidarias, en particular de Libre, del liberalismo y de los nacionalistas, pone de relieve que nuestra democracia electoral y participativa ha venido a menos, y que nuestro Estado de Derecho está en flaquezas.
Estamos metidos en juegos sectarios. Nuestros líderes se niegan a apropiarse de los planteamientos concienzudos y patrióticos acerca de la reactivación económica, la restauración del tejido social, el fortalecimiento de nuestro sistema democrático y la batalla contra la corrupción.
En Honduras sufrimos las consecuencias de una impunidad “enraizada”, de la impartición segmentada de la justicia y de una discriminación social más acentuada.
Siete de cada diez hondureños viven en la pobreza, la economía se encuentra en estado de coma, las empresas y los emprendimientos están en franco proceso de agonía y nuestro sistema productivo cayó en depresión.
Los políticos han perdido toda credibilidad frente a la población que ha expresado en las urnas su confianza en la democracia; sin embargo, hemos tenido resultados fallidos en el desempeño de los líderes y dirigentes en quienes es depositado el poder.
Ya no queremos escuchar más mentiras o verdades artificiosas de los políticos sobre la persecución de los forajidos de “cuello blanco” que han condenado a las mayorías al rezago en todos los órdenes.
Hay que transformar el país. Y la principal condición para llegar a ese cometido es la rendición de cuentas de parte de aquellos personajes que se valieron de sus cargos en el pasado o de quienes están en funciones en la administración gubernamental para apropiarse de los recursos públicos.
Es hora de que la conciencia popular tenga un avivamiento y es tiempo de desnudar a los gobernantes y a los dirigentes políticos, con miras a pedirles explicaciones del estado de postración en que se encuentra nuestro país.
Es momento de hacer posible un modelo que fiscalización de la cosa pública, de adecentamiento de la gestión gubernamental y depuración del sistema político. Éstas son las condiciones sin las cuales Honduras no podrá salir del pantano de la corrupción, de la miseria social y del oportunismo político, en tiempos de enormes dificultades y de retos gigantescos que los aspirantes a cargos de elección observan con miopía, a su propia conveniencia.

