Muchos son los análisis que se han elaborado y los informes en los que son enumerados los problemas del sistema de enseñanza-aprendizaje de Honduras.

En todos ellos se hace hincapié en que la educación cayó en un bache. Los estudiantes se están yendo de las aulas, porque para ellos ya no es importante recibir conocimiento ni ser formados en las aulas.

Cada año, alrededor de 50,000 estudiantes abandonan los recintos escolares. Apenas dos alumnos ingresados en primer grado logran concluir la enseñanza secundaria.

Los porcentajes de deserción, baja cobertura, pobre pertinencia y pésima calidad son males endémicos que se han agravado después de la pandemia que nos dejó como herencia toda una generación perdida. 

Hoy día, un millón 200 mil niños y jóvenes están marginados de la educación. A los políticos les ha tenido sin cuidado esta tragedia.

¿De qué otra manera pueden ser interpretados los informes de organismos de la sociedad civil que ponen de relieve que la burocracia creció en más de cuatro mil empleados, pero perdió 87,000 alumnos que desertaron del sistema de enseñanza público?

Unos, abandonaron sus estudios porque ya no tuvieron interés alguno; otros, emigraron, empujados por la pobreza; y muchos más, se apartaron del todo para realizar trabajo forzado.

Han resultado ser una farsa todas las informaciones rimbombantes proporcionadas en diferentes períodos por los funcionarios de la Secretaría de Educación, respecto a la inversión de recursos para la rehabilitación de los centros de enseñanza y a las estrategias destinadas a devolver a las aulas a los alumnos que abandonaron sus estudios.

En materia educativa, lo sustancial se convirtió en intrascendente. En el papel quedaron los compromisos de los políticos de ayer y de hoy, acostumbrados a pronunciar discursos "llenos de compromisos" sobre la gestión de la enseñanza como pilar del desarrollo de Honduras.

Es un imperativo avanzar del oscurantismo hasta la luz del saber, regresar a las aulas a más de un millón de menores que están marginados y que, por ahora, son una generación perdida.

Hay que darle una vuelta de tuerca a la educación.  La hoja crítica para superar los problemas de la enseñanza-aprendizaje está escrita hace tiempo.  Lo que hace falta es un compromiso de todos los sectores para replantear todo el sistema.

Lo demás es seguir dando vueltas sobre las demandas de los docentes, las acciones apagafuegos del Gobierno, los programas de reforma educativa que siempre se han quedado en letra muerta y la desorganizada y débil participación de las comunidades en su condición de actores del proceso educativo.

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