Mientras el nivel educativo básico costarricense solo permite 25 alumnos por salón de clases y por maestro, en departamentos de Honduras como Lempira, Gracias a Dios y Santa Bárbara, uno de los pocos más de 41 mil docentes que atienden a una población estudiantil de 1 millón 400 mil jóvenes, tiene que lidiar hasta con 57 alumnos en un aula de un centro educativo que además tiene serios problemas en su infraestructura y con condiciones insalubres precarias.

Mientras aquí, un docente tiene que enseñar, en lo que las condiciones lo permiten, a 48 alumnos en una escuela del nivel primario, en Costa Rica a un profesor solo le toca lidiar con 25 estudiantes.

Condiciones pedagógicas contrastantes y diferencias que marcan escenarios comparativos de inclusión y, a la vez, de inequidad. Pero, ¿porqué llegamos a tener estas descomunales diferencias, en este escenario de descomunal inequidad que a través de décadas le ha vedado el derecho y el acceso a nuestros niños y jóvenes, a una educación de calidad y pertinencia, como la que tienen estas sociedades que están aquí cerquita?

Mientras en el hermano país de Guatemala lograron que la educación primaria casi alcance una cobertura universal, aquí tenemos un déficit de casi 11 mil docentes en el nivel educativo primario, en un escenario en el que, de los 12 mil centros educativos públicos, urbanos y rurales, que tenemos, sólo mil 800 disponen de sistemas de alcantarillado.

El 30 por ciento de las escuelas de Honduras no tienen ni siquiera servicios sanitarios y menos un sistema de saneamiento básico. ¿Cómo no vamos a estar entonces a la saga?

Mientras se necesita urgentemente contratar a 11 mil profesores para el nivel primario, un informe de una ONG local reveló que, en el gobierno pasado, a un profesor se le llegaban a asignar hasta 17 plazas en el sistema público, mientras 12 mil 500 docentes, de los 65 mil que oficialmente aparecen contratados por la Secretaría de Educación, laboran bajo la condición contractual de interinato.

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¿Cómo 'diablos' vamos a salir entonces de este subdesarrollo académico y pedagógico en el que estamos atorados? ¡12 mil 500 maestros interinos y con una gran urgencia de contratar profesores para ensanchar esas cifras de alumnos por docente en un aula de clases!

Necesitamos entonces revertir esos indicadores. No puede ser que 2 de cada 5 menores sigan fuera de las aulas de clases, mientras 1.2 millones de jóvenes no alcancen la meta de coronar una carrera universitaria.

Con un maestro para atender hasta 57 alumnos nos fuimos quedando a la cola a la región en el objetivo de escalar en el conocimiento, y menos, en la innovación pedagógica.

Pero se trata de indicadores y datos, que más que seguir siendo obstáculos insuperables para los gobiernos que llegan y pasan, tienen que ser reconvertidos en desafíos y retos para superar gradualmente los altos niveles de inequidad que se reflejan, para el caso, en el acceso diferenciado hacia una oferta educativa de calidad.

Es intolerable como inaceptable que los niños y niñas de Honduras, provenientes de los entornos socioeconómicos más bajos, sigan condenados a asistir a los centros educativos con el rendimiento escolar más precario, con un nivel académico inferior, repitiendo los grados con mayor frecuencia, y con las más altas probabilidades de abandonar la escuela antes de completar el nivel secundario.

Invertir en recursos educativos adecuados, en la formación docente y pedagógica, para lograr que las escuelas, independientemente de su ubicación o características socioeconómicas, ofrezcan una educación de calidad, tiene que ser un desafío impostergable para la nueva administración del país.

Llevar a los jóvenes de Honduras por la ruta de acceso a mejores empleos, a través de la educación, nos pondrá en el camino de una sociedad más inclusiva, más equitativa y más respetuosa de la persona humana.

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