No hay duda que el sistema de salud del país está enfermo y que sus síntomas de mayor significado están vinculados con la falta de medicinas, el desabastecimiento de insumos, la limitada cobertura, las precarias condiciones del equipo y, en general, el calamitoso estado de la red hospitalaria.

Apenas hemos iniciado 2025 y las desgracias del sector sanitario han salido a relucir. En el Hospital Escuela, siguen en mal estado una decena de quirófanos; en el Hospital San Felipe, la dirigencia sindical ha advertido que no funcionan en condición óptima las máquinas esterilizadoras, lo que amenaza la práctica de intervenciones quirúrgicas para sólo mencionar unos ejemplos, aunque las autoridades gubernamentales consideran que son “problemas minúsculos”.

A decir verdad, no están excluidos de esta condición de fatalidad las instituciones hospitalarias y los centros de salud de los departamentos de Cortés, Colón, Atlántida, Copán, Gracias a Dios, Olancho, El Paraíso y Choluteca.

Honduras destina un poco más de tres por ciento de su Producto Interno Bruto, un porcentaje miserable si se toma en cuenta que las normas de la Organización Mundial de la Salud recomiendan invertir el seis por ciento. Costa Rica y El Salvador invierten ese porcentaje y hasta Nicaragua dispone un monto aceptable de 5.3 por ciento.

Hasta hace un año, la tasa de médicos era de 4.8 por cada diez mil habitantes contra 24 de Costa Rica, 12 de El Salvador y nueve de Nicaragua. Honduras es, por mucho, el país que cuenta con la menor expectativa de vida a nivel de Centroamérica.

Si esto no fuera suficiente, el sector sanitario ha sido considerado como uno de los nidos donde la corrupción ha echado raíces en menoscabo del derecho de la población a un servicio de calidad.

Las prácticas oscuras han sido comunes. Son numerosos los expedientes relacionados con las licitaciones para la adquisición, el suministro y abastecimiento de medicinas y de insumos que históricamente han estado preñadas de irregularidades.

Ha sido casi imposible mejorar el esquema de atención a los enfermos que acuden a los hospitales del Estado. Mayor es incluso el infortunio que experimentan los pacientes que acuden a los Centros de Salud Rural y a los Centros de Salud Médico Odontológicos, donde casi nunca hay existencia de medicamentos.

El ingreso de la población a una atención digna en los hospitales y en los centros asistenciales es una deuda que nunca fue saldada ni por las administraciones anteriores ni por el “Gobierno de la Refundación”. ¿Todavía es posible recuperar los signos vitales, estabilizar y fortalecer al moribundo sistema sanitario hondureño?

El tiempo determinará si el compromiso de los políticos de mejorar el sistema de salud público trasciende del discurso a la realidad o si, por el contrario, queda plasmado en el papel en desmedro de la población enferma de Honduras.

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