El Gobierno debe medir muy bien los alcances de su discurso respecto a las relaciones de Honduras con Estados Unidos y colocar en perspectiva una política de reforma migratoria.

Todo parece indicar que la gestión de la presidente Xiomara Castro ha dado muestras de imprudencia al amenazar con retirar la base militar de Palmerola si la administración de Donald Trump concreta la expulsión masiva de emigrantes hondureños.

Es claro que el régimen de la refundación no ha reparado en el riesgo de que las remesas sean gravadas o que las políticas migratorias norteamericanas sean endurecidas.

De hecho, en Estados Unidos se ha levantado la propuesta para que los emigrantes con antecedentes delictivos sean devueltos a la brevedad, mientras el mandatario electo ha advertido a México que debe reducir el flujo de indocumentados que atraviesan la frontera común.

No se trata de alentar una ideología antimperialista como se enorgullecen en afirmar la gobernante y los funcionarios de Honduras, sino de reconocer una realidad: Estados Unidos es nuestro mejor aliado, nuestro histórico socio y el destino de más de un millón de compatriotas que han emigrado en busca de oportunidades.

Somos cada vez más dependiente de las remesas de los compatriotas que se vieron forzados a abandonar su tierra. Si no fuera por este flujo de recursos que el año pasado llegó a unos 9,500 millones de dólares, nuestras finanzas estuvieran en mayor desbalance.

No podemos negar esas verdades, aunque el Gobierno del Socialismo Democrático predique un doble discurso, revestido de una falsa defensa de la soberanía nacional ante una injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos.

No se han planteado políticas de desarrollo. El debate ha girado alrededor de golpes de Estado, dictaduras y teorías gastadas de socialismo.

En su lugar, el Gobierno tendría que estar ocupado en crear un clima de desarrollo para garantizar una vida digna; esto es, una visión de país y no discursos hipócritas sobre la derecha o la izquierda; el neoliberalismo o el socialismo democrático.

Basta con darle una mirada a nuestra realidad y llegaremos a la conclusión de que necesitamos proponer una reforma migratoria y la regularización del estatus de los compatriotas que viven en el norte.

Para Honduras, es vital la relación entre las remesas, la estabilidad de las finanzas y el alivio de la pobreza en que están sumidos más del 60 por ciento de la población.

¿Es prudente, entonces, que nuestro Gobierno ponga en riesgo a la diáspora con amenazas lanzadas a Estados Unidos sin meditar en sus alcances? Si continuamos atizando la hoguera del odio y las divisiones, Honduras no tendrá posibilidades de continuar adelante.

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