Para nadie es desconocido que Honduras atraviesa por una multicrisis y que, en ese contexto, nuestra seguridad nacional, la estabilidad institucional y el bienestar económico y social de la población están en “cuerda floja”.
Estamos bajo la amenaza de que los procesos electorales resulten fraudulentos, que se implante una dictadura y que se extiendan más los tentáculos de la narcopolítica.
Son manifestaciones que hay que observar con atención. Es un imperativo que se fortalezca la vocación democrática de los hondureños bajo el entendido de que la estabilidad y la buena salud de nuestro sistema político-institucional dependen de que se respete la voluntad popular expresada en las urnas.
Nuestro pueblo cree en el imperio de las leyes, en las decisiones legítimas de las mayorías y en el ejercicio alterno del poder depositado por el pueblo.
Nadie debe estar por encima de la Constitución y las leyes. Convenimos en que abrirle la puerta a los caudillos y a los líderes mesiánicos es condenar a nuestro país. Nuestro futuro está en los liderazgos genuinos, en la libertad, la justicia y el respeto a las leyes.
Porque nuestra historia reciente nos ha dejado una lección indubitable: el empecinamiento de nuestros líderes de perpetuarse en el poder pone en riesgo la paz y amenaza nuestro equilibrio económico, político y social.
La ambición enfermiza a hacerse del poder es una causa de la inestabilidad política que amenaza con poner en riesgo el desarrollo pleno de nuestro país. Esto lo debemos entender así.
Las actuaciones autoritarias son profundamente injustas y echan abajo las conquistas sociales y políticas logradas con el esfuerzo de los hondureños.
La clase gobernante está en la obligación de entender e interiorizar que la actividad política no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar el bienestar colectivo.
El digno ejercicio de la actividad política significa, ante todo, adecentar la administración del Estado y honrar el compromiso asumido con el pueblo que es el depositante del poder.
El país al que aspiramos tenemos que construirlo sobre la acción democrática en las urnas, la participación de todos los ciudadanos en las decisiones de país, el fortalecimiento de las instituciones y la profundización de la democracia.
Se ciernen amenazas serias sobre nuestra Honduras: la implantación de una dictadura con ideología socialista importada, la degeneración de los procesos de consulta popular, la infiltración de la narcopolítica y la caída de nuestro país en manos del populismo y de la tiranía.
Son señales que hay que observar con detenimiento, ahora que estamos a pocos meses de las elecciones primarias y a menos de un año de los comicios generales.

