Ha caído el telón sobre los primeros funcionarios a los que el activismo político y el arriado no disimulado de banderas partidistas les han pasado factura.

Más allá del juico político y los argumentos esgrimidos para someter a estos funcionarios 'caídos en desgracia', la injerencista infiltración partidista continúa lastrando la independencia de los operadores de justicia y la confianza hacia la institucionalidad constituida.

Pero hay algo todavía peor: la democracia hondureña actual, ya de por sí reducida a la mera elección de un gobierno cada 4 años, continúa bajo la amenaza de un nefasto proceder de la clase política que ha destruido las instituciones: la concentración del poder.

Lo acabamos de pasar en estos últimos cuatro años de gobierno de la familia Zelaya-Castro. Lo vivimos en la administración Hernández Alvarado. Y parece que todavía no hemos aprendido las lecciones que nos dejó la concentración de poder.

Xiomara Castro hablando
Uno de los señalamientos de los últimos Gobiernos, entre ellos el presidido por Xiomara Castro, fue la concentración de poder.

La premisa de que las democracias tambalean y se vuelven disfuncionales por la concentración del poder es tan real como multiplicadora: el poder se termina diluyendo por la vía de la ilegitimidad de las acciones de quienes sucumben a la peligrosa tentación de abrogárselo.

La clase política, si no es consciente del momento delicado y complejo por el que pasa la democracia y su legitimidad misma, debería poner las 'barbas en remojo'. Es su momento histórico para no sucumbir y blindarse ante las tentaciones que podrían aflorar sobre la concentración de poder.

Es hora de entender que una democracia solo madura y solo se vuelve funcional a partir de una gobernabilidad por consensos, antes que por negociaciones y por la concentración de todos los poderes y de los instrumentos para cambiar el aparato judicial y todos los estamentos del Estado: órganos electorales, Fiscalía y órganos contralores.

Estos, sin duda, son delicados tiempos para aprender a pisar en tierras firmes y ya no en arenas movedizas.

Ni los resultados electorales, ni mucho menos una especie de supremacía partidista, le han otorgado a nadie el control absoluto o casi absoluto del Estado.

Seguir haciendo lo mismo que hicieron o intentaron hacer los que se acaban de ir, o los que estuvieron antes, solo sería renunciar a la que quizás sea la última oportunidad de reivindicación y restauración que el pueblo hondureño les está permitiendo.

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