Concluyó el periodo de vacaciones de la Semana Morazánica. Se ha registrado una importante movilización y una regular derrama económica.

Estamos de regreso a una realidad convulsa. Los precios de los combustibles siguen en espiral con sus efectos impredecibles sobre el bolsillo de la población y las finanzas del país, en tanto la crisis del sector eléctrico es una amenaza grave que no necesariamente se resuelve con la sola publicación de las reformas aprobadas el mes anterior.

Nuestro aparato económico no es robusto y las perspectivas de crecimiento para este año son modestas: no mayor al cuatro por ciento; las finanzas tampoco se encuentran en un buen nivel de estabilidad o de óptima salud, excepto porque las reservas internacionales se encuentran fortalecidas y las remesas siguen siendo nuestra tabla de salvación.

De otro lado, tenemos el conflicto entre el Gobierno y los médicos que reclaman sus salarios, es la manifestación más cruel de la incapacidad del Gobierno de responder a una situación de tal naturaleza y también de una falta de identificación gremial con el prójimo.

Para no variar, nos ha llegado una de las crisis hídricas más severas de que tengamos memoria y la ventana de lluvias que tenemos en este período ya nos ha ocasionado problemas desprendidos de nuestra vulnerabilidad ante los fenómenos naturales.

Y si nos referimos a la inequidad social, basta con referir que seis de cada diez hondureños no tienen garantizadas sus necesidades primarias, 120,000 jóvenes fracasan en su intento de obtener un empleo cada año y al menos dos millones de personas se encuentran en inseguridad alimentaria.

Estamos plantados en un terreno dominado por las crisis sin respuesta y en el que, tristemente, medran la mezquindad, el odio, los deseos de revancha, el sectarismo y otras expresiones de podredumbre humana.

Los hondureños seguimos a la espera de que el Gobierno cumpla con el compromiso de convocar a una concertación para encontrar la salida a nuestro viacrucis.

Así debe ser. A ninguno de nosotros nos conviene que el país se hunda en las finanzas en ruina, que se pierda en la injusticia social; tampoco que siga en el fango de la politización y de la impunidad.

No nos cansemos de hacer el bien, ni de trabajar por la convivencia armónica y por la justicia. La demanda a las autoridades de turno es la misma: trazar un plan de nación y una visión de país.

Sin duda, necesitamos consensuar soluciones y trabajar incesantemente por la paz, la unidad, la justicia y el progreso.

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