El banderillazo para volver a las urnas ha sido dado y, de nuevo, los hondureños estamos convocados a participar en un proceso comicial; el número siete en el siglo 21. Y otra vez, como ha sucedido, nos vuelve a tocar ser testigos de un acontecimiento, que, según como lo veamos, moldea y sigue moldeando el curso de la historia del país.
Y aunque lo que hemos presenciado a lo largo de las últimas dos décadas ha sido, muy a nuestro pesar, un proceso involutivo que al tiempo que le ha pasado factura a la institucionalidad partidista, le ha hecho también un daño terrible a la credibilidad y confianza de los ciudadanos hacia su clase política, seguimos creyendo en el poder del voto.
Por demás está decir que esa franca precariedad de la credibilidad de los políticos no es nada saludable para el país ni mucho menos para las instituciones democráticas, porque está vinculada con el tema de la gobernabilidad y la legitimidad de quienes gobiernan.
Y eso obviamente plantea sus riesgos porque al tiempo que las instituciones se vician, que los protagonistas adentro no quieran limpiar las impuerzas, y que la rectitud política brille por su ausencia, peligrosamente se degrada también la democracia.
Podemos convenir que una democracia no puede existir sin partidos políticos, y aunque evidentemente algunos mecanismos del estado de derecho, como el respeto a las garantias individuales o la participación ciudadana, no funcionen bien, algo se debe hacer. De alguna forma hay que reaccionar, y ese el reto que también desde afuera de las esferas políticas, la ciudadanía, el votante, debe asumir.
Nunca como en los últimos tiempos, las grandes y pequeñas decisiones en Honduras han dejado de pasar por el tamiz de la clase política.
De ahí que la eficiencia y el compromiso sea la marca del político por el que tenemos que votar en las urnas. De ahí el rol que debe jugar, pero ya, la institucionalidad partidaria, y sobre todo, los candidatos presidenciales para nominar e incluir en sus planillas no al “perico de los palotes” ni al que levanta la mano cuando le preguntan si quiere ser incluido en las planillas.
Y cuando en dichas nóminas ocurre eso, los candidatos y dueños de movimientos o corrientes internas, al tiempo que replican las viejas mañas, también ponen en predicado su propia solvencia ética, y, sobre todo, su respeto al votante y a la sociedad que los elige.
La percepción de que la clase política está divorciada de los valores, ha sido, decimos, ganada a pulso. Pero no puede ser que casi todos los ciudadanos pensemos que la credibilidad, como un valor indispensable, no cuaje en el escenario político doméstico.
Pero pareciera que también en esta nueva contienda a la que estamos convocados más de cinco millones 300 mil electores potenciales, el liderazgo polìtico hondureño no tiene conciencia de ello. Como que siguen resistentes a resguardar los últimos recaudos de solvencia que les quedan.
Por más que se nos diga que todos al final terminan comiendo en la misma mesa y repartiéndose después el poder, los partidos y los políticos deben tener claro que su supervivencia depende de cuánta confianza o credibilidad generen. Sólo así podrán aproximarse de nuevo a los votantes, sin miedos, sin que se los saquen en cara. Es, insistimos, su propia supervivencia la que ponen en juego.

