Las cuentas financieras no cuadran. Nuestro nivel de endeudamiento roza los 17,000 millones de dólares y sigue; nuestras reservas internacionales siguen en caída, de manera que hoy día nada más contamos con 6,745 millones de dólares que son equivalentes a 4.3 meses de importaciones.
Hasta finales de septiembre, habían ingresado 12,983 millones de dólares, pero habían salido 13,541 millones de dólares, para un desbalance de 558 millones de dólares.
Si no fuera por las remesas que al cierre de agosto sumaron más de 6,300 millones de dólares, la economía estuviera en mayor postración.
En tanto nuestra moneda pierde terreno al llegar casi a una tasa de 25 lempiras por cada dólar, la economía se vuelve menos competitiva y de mucho riesgo para la llegada de capital externo.
Encima, el conflicto bélico en oriente medio podría provocar en el corto plazo una convulsión en el precio de los derivados del petróleo con la consiguiente alza en la inflación, situada por ahora en 4.49 por ciento en su medida interanual.
Son muy pocos los hechos que pueden generar optimismo. Con todo, los hondureños debemos tener la esperanza en que las cosas pueden cambiar.
Hay que buscar, en medio de las dificultades, un impulso, una lección única y grabar en nuestra mente que no tenemos por qué ser inferiores a nuestros países vecinos.
Podemos sacar fuerzas de flaqueza, poseemos el potencial necesario para superar las contrariedades, los obstáculos, las aflicciones y los nubarrones que caen sobre nuestra nación.
Los hondureños somos capaces de unirnos alrededor de un proyecto, de una sola causa; tenemos el suficiente empuje para mantener viva la fe.
La caterva política nos ha empobrecido y nos ha robado la esperanza. Por muchas razones, se ha construido en nuestra mente un perfil equivocado de nosotros mismos y hasta pareciera que nos hemos resignado a vivir en la fatalidad, en el subdesarrollo y en un clima de involución que nos impide ver hacia adelante con confianza.
Quizás nos hemos impuesto por decreto propio que no tenemos derecho a avanzar hacia el progreso; incluso, nos hemos negado el derecho a soñar, a cultivar la esperanza en nuestras potencialidades, a promover nuestro ingenio creador y a afianzar nuestra identidad.
Pero somos un pueblo de profunda fe, de incorruptibles principios religiosos y con una enorme capacidad de desarrollo en los distintos órdenes del quehacer nacional.
Nuestra población mayoritariamente joven, constituye uno de nuestros más valiosos tesoros. ¡Recuperemos la esperanza de un país que vive, que lucha contra la crisis económica, la pobreza, la corrupción y todos los males que arrastra nuestra condición de nación en vías de desarrollo!

