La historia de los países que han alcanzado estadios de desarrollo tiene un común denominador: la planificación.

En sentido contrario, la realidad de nuestra Honduras ha transcurrido sobre la base del desorden, los errores repetidos y la improvisación.  En fin, la problemática de nuestro país es el resultado de la falta de proyección integral y de una gestión pública accidentada.

Somos una suma total de administraciones improvisadas, unas en mayor grado que otras, circunstancia ésta que nos ha hecho dar más pasos hacia atrás y menos saltos cualitativos.

Las autoridades de turno enfrentan una crisis agravada por el sismo en el mercado petrolero internacional, las oscuras proyecciones sobre la inseguridad agroalimentaria y las demandas de diversos sectores que no encuentran respuestas oportunas del Gobierno.

Estrecho de Ormuz desde arriba
El conflicto entre Estados Unidos e Irán, que a su vez ha dejado el cierre del estrecho de Ormuz, paso marítimo donde circula cerca del 20% del petróleo y gas natural licuado mundial, ha dejado grandes aumentos en los combustibles en Honduras.

Nos devoran los males de siempre: el degradado sistema educativo y el colapsado sector salud, las maltrechas finanzas, la ampliación de la franja de pobreza y la enraizada corrupción.

Ayer como hoy en día, el abordaje de nuestra problemática se ha caracterizado por la toma de medidas reactivas, de disposiciones “sobre la marcha”, como si se tratara de asuntos simples y coyunturales que deban ser atendidos a la sombra de la “improvisación”.

No ha habido planificación ni un rumbo claro, tampoco un norte para definir las metas correctas y establecer los medios necesarios para alcanzarlas, de manera que sea posible determinar cuándo y en qué grado los grandes propósitos nacionales son desviados de su ruta.

Es fácil entender por qué los planes de Gobierno quedan convertidos en letra muerta y por qué las obras emblemáticas de tal o cual gestión jamás llegan a ser completadas, en razón de que No se les da seguimiento ni en el período de su nacimiento, mucho menos en el mandato sucesivo.

Los hondureños hemos transitado desde las llamadas administraciones del cambio, hasta las revoluciones morales, las nuevas agendas y el poder ciudadano, pasando por los denominados gobiernos de la gente, de la reconciliación, del trabajo y seguridad y ahora el de 'la racha activada'.

Honduras es, literalmente, la historia de las iniciativas que se quedan a medias. De ahí que las grandes oportunidades que hemos tenido para construir la plataforma de nuestro despegue hayan quedado perdidas en el “cortoplacismo”.

El escritor, poeta, ensayista y Premio Nobel de Literatura, el mexicano Octavio Paz, reflexionaba: "Ningún pueblo cree en su Gobierno.  A lo sumo, los pueblos están resignados".

¿Es aplicable este sesudo pensamiento a nuestra propia vivencia política? ¿No es justo que los hondureños dejemos atrás el conformismo, la sumisión, la memoria corta y las obras inconclusas y, en su lugar, levantemos los pilares de un plan de desarrollo planificado, integral y visionario?

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