Pensar, en qué a 31 días para la gran cita electoral, nuestra rancia clase política va a tomar un atajo y dejar a un lado, el camino polarizado, de agravios y descalificaciones, sería un iluso error. Y no es porque no lo deban hacer.
De hecho, lo tendrían que hacer. Pero, "gallina que come huevos", como reza el adagio popular, lo seguirá haciendo mientras los huevos se puedan quebrar. Es que tampoco nos tienen respeto. Es que no tienen una agenda de intereses comunes, y menos, la voluntad y el compromiso alrededor del bien común.
Desde Redondo hacia el resto del oficialismo acomodado a las mieles del poder; desde las camarillas de los partidos tradicionales en la oposición, meros negociantes de cuotas de influencias; desde los 'tibios', aquellos que en momentos de crisis y de defensa de la moralidad y la ética política, no toman partido, a quienes Dante, en la Divina Comedia, condenó al más oscuro de los infiernos, su voluntad de poder fue más grande y voraz, contravino los grandes intereses de la nación y del bien común, porque apostaron a los agravios antes que a los consensos que pudieran construir o edificar una agenda de intereses comunes, que a la luz de la evidencia, no fue posible nunca alcanzar.
¿Cómo sería esto de distinto si esta clase política, que nos ha irrespetado, que se ha reído de la gente, a la que paradójicamente llaman de 'a pie', se hubiese enfrascado en consensuar un objetivo común para superar las crisis políticas y la casi perenne recesión económica?
Un gran pacto de unidad, que en su espíritu, hubiese contribuido a conciliar y reconciliar la familia hondureña, peleada hoy por su culpa, dividida ahora por sus intereses y pleitos por botines de poder y egos desorbitados.
Eso es lo que nos han dejado. Más pobreza, más miseria, y esta tremenda incertidumbre que aquí priva, o la desesperante frustración y desesperanza que obliga a miles de hondureños a salir diariamente del país.
¿Por qué no le apostaron a un pacto social o un acuerdo, pero que no fuese para repartirse cuotas de poder e influencias?
Construir una agenda de intereses comunes que le permitiera a los hondureños aspirar a alcanzar, alguna vez, un estadio comunitario de bienestar social y económico. Pero, ¿estamos a tiempo?
Lo estaremos si esta clase política decide cambiar o, al menos, transformar su forma de pensar. Eso es lo que se necesita. Un compromiso por la unidad, el bien común y el desarrollo comunitario.
Es la hora de incidir a través de formas conciliadoras que posibiliten arbitrar conflictos y que los sectores de la sociedad asuman, por fin, su rol de fiscalizar y llamar al orden a los que se han abrogado, abusivamente, su representatividad.
El desarrollo económico y equitativo requiere de políticos diferentes, inmunes a las interpretaciones arbitrarias de lo que es el poder.
El desafío es enorme pero urgente y necesario, en un momento en el que como sociedad, al borde del precipicio, a raíz de las devastadoras consecuencias que la polarización y la mezquindad nos dejó, no ha podido empujar hacia una cultura de consensos y propósitos nacionales.
También es que nos hemos resistido a unirnos para construir las bases esenciales de nuestra convivencia, de nuestros intereses comunes, y si ahora no nos esforzamos por obligar a los políticos a alcanzar un pacto social que pueda hacerle frente a la arremetida de los sectores más siniestros, seguiremos entonces en un atolladero que sería la perdición total de millones de hondureños.
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