La promesa de “volver al campo” es quizás una de las más populistas de cuantas se hayan planteado en el pasado y en el presente. No es cierto que Honduras haya regresado a las raíces agrícolas por más que el Gobierno se empecine en afirmar lo contrario.
Los datos son contundentes: en los siete años recientes, el número de plazas en el campo se han reducido de un millón 200,000 a un poco más de 800,000.
Esta sola relación pone de manifiesto la depresión en que entró la actividad agrícola desde hace mucho tiempo. Los productores se quejan por el desinterés de las autoridades para incentivar las labores en el campo, la ausencia de apoyo técnico y crediticio y los bajos precios de garantía de la cosecha, además de los elevadísimos costos de los insumos para tales faenas.
Las expectativas del Gobierno apuntan a una cosecha de unos 20 millones de quintales, pero el país necesitaría de 40 millones de quintales para asegurar el consumo doméstico integral y obtener soberanía alimenticia.
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No ha tenido eco la demanda de los sectores dedicados a la agroindustria de ampliar la cobertura de los proyectos de riego y, al mismo tiempo, incentivar el cultivo de grandes áreas que todavía no han sido utilizadas para la producción de granos básicos.
Por otra parte, ante el acecho de los eventos ligados con el cambio climático, se vuelve un imperativo que el Gobierno fortalezca todas aquellas iniciativas dedicadas a potenciar las actividades del campo.
Y es que el Banco Mundial ha advertido que el sector agrícola sufrirá reducciones sustanciales en la productividad y pronosticó que las sequías, las inundaciones y la variabilidad de éstas no sólo contribuirían a aumentar la vulnerabilidad de alimentos, sino que también forzará el aumento de sus precios.
En lo que toca a los productores, éstos tienen que promover y ejecutar prácticas novedosas, sin dejar de lado la creación de herramientas orientadas a impulsar la competitividad del aparato agrícola nacional.
Es necesario, de la misma manera, el acompañamiento de los industriales y de los campesinos en la planificación de las faenas en el campo. En suma, se trata de volver la mirada a la tierra, donde están las raíces de nuestra riqueza.
La oportunidad está abierta para que, por fin, volvamos al campo, una promesa que en todas las administraciones ha sido manifestada con ímpetu en “discursos fantasiosos” y con todos los ribetes de populismo, porque nunca germinó.
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