Las finanzas de Honduras no están en bonanza, pero los políticos han echado mano de los recursos que vienen del pago de los impuestos de los hondureños para fines proselitistas.
Se trata de fondos que tendrían que ser orientados a obras para el desarrollo social y económico. Bien sabemos, sin embargo, que los políticos y funcionarios deshonestos y abusivos de este país se apropian de este dinero para comprar conciencias y enriquecerse ellos mismos.
A estos malos hondureños no les importa que el país esté carcomido por la corrupción. Perdieron todo el sentido de honradez y de honestidad. Prostituyeron la esencia de la política.
Estos personajes pasan por alto que los recursos públicos deben ser manejados con transparencia y derramados en beneficio de aquellos grupos de la población que están marginados.
Mucho menos tienen conciencia del impacto negativo que el saqueo del Fondo Social ejerce sobre las finanzas.
Los indicadores fiscales no son los óptimos. De hecho, el país tiene una deuda pública de más de 17,000 millones de dólares y el actual gobierno de la presidenta Xiomara Castro ha adquirido mayores compromisos.
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La moneda hondureña se ha deslizado
La moneda se ha deslizado en 78 centavos este año, lo que ha traído un impacto grande sobre la inflación, el mayor castigo impuesto para seis de cada diez hondureños que viven en pobreza y en calamidad.
No hay dinamismo en la oferta exportable; tampoco un plan de incentivos para la inversión y a la creación de empleos como lo demuestra que el crédito al sector privado está en desaceleración. La tasa de interés promedio ponderada sobre saldos fue de 18 por ciento entre enero y abril.
Las medidas tardías han dado como resultado un manejo inconsistente de la macroeconomía, las reservas internacionales se han mantenido y han ido en crecimiento, pero a costa de la depreciación rápida y de la contratación de más endeudamiento.
Al menos seis de cada cien lempiras que han sido recaudados en el primer cuatrimestre de este año han sido utilizados para nutrir el Fondo Social y tomados por los políticos para distribuirlos a manos llenas. ¿Les parece, entonces, a los políticos que pueden echar mano del dinero público a su entero capricho?
Nos hemos quedado empantanados en la podredumbre, el descrédito, el derrumbe de nuestras instituciones, el sectarismo y la politiquería.
Somos un país pobre, hundido en la impunidad y sumergido en la inequidad social; eso sí, somos un terreno muy fértil para la demagogia y para que los fondos de los impuestos sean vilmente sustraídos por los políticos inmorales que han medrado por doquier.
¡Qué paradoja que seamos una nación empobrecida donde los recursos públicos son desviados para que una caterva de dirigentes políticos y de funcionarios los despilfarren de manera indiscriminada! ¿No pasa nada?
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