La democracia, siempre hemos creído, es un pilar fundamental, y su funcionamiento y eficiencia, lo hemos creído también, depende en gran parte, de un sistema electoral garantista del ejercicio del voto y del escrutinio transparente y justo del mismo.

Y un sistema de votación, justo y eficiente, encaminará más al país a una forma de democracia representativa y menos vulnerable al clientelismo partidario, al transfuguismo electorero, y sobre todo, a comicios y resultados menos expuestos a la manipulación y la trampa.

Pero en b, la clase política doméstica siempre tuvo una forma diferente y maquiavélica de pensar y de actuar. Como les convino siempre. Como lo negociaron siempre.

Tampoco es una casualidad que nos hayamos ido quedando atrás en calidad de la democracia, atrasados en reglamentación de la actividad electoral y del mismo partidismo político. No en vano es el acuñamiento del término “elecciones estilo Honduras”.

La rancia clase política local no dimensionó siquiera el riesgo en el que ha estado la democracia inclusiva y participativa.

No entendió nunca -a pesar de la volatilidad atizada- que precisamente la conflictividad política y social que ha estado a punto de incendiar el país, la ha generado el manoseo, la triquiñuela y la componenda, monedas de curso corriente en una institucionalidad electoral alineada a los caciques partidistas, y desgastada por la desconfianza y un sistema colapsado por el fraude y la corrupción

Pusieron oídos sordos a los reiterativos llamados, incluidos los de la comunidad internacional, para introducir reformas electorales y corregir las deficiencias e irregularidades que se reportan en cada proceso comicial.

De hecho, la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea, recordaba tiempo atrás, que de las 23 recomendaciones que le hicieron a Honduras tras los comicios del 2021, solo dos, y parcialmente, fueron atendidas y cumplidas.

La objetiva Misión Electoral de la Unión Europea dejó como una recomendación al Congreso Nacional de turno, emprender un proceso de reforma legal electoral de manera transversal y con suficiente antelación a las elecciones del próximo año.

No hicieron nada de eso y más bien han seguido echándole más leña al fuego de la incertidumbre dilatando intencionalmente el presupuesto que el Consejo Nacional Electoral les ha pedido. 

No pudieron tampoco mantener a raya a los caciques de los partidos políticos y su injerencia en el órgano electoral del país, y la recomendación de “reforzar la independencia” del Consejo Nacional Electoral para garantizar una administración técnica, profesional y despolitizada de las elecciones, sigue siendo “papel mojado”.

Los partidos tradicionales que se han alternado en el poder, no muestran ningún interés por la calidad de la democracia; tampoco entienden que las reformas son fundamentales no sólo para garantizar los derechos del ciudadano, sino también para fortalecerlos como instrumentos fundamentales de la democracia.

Terminaron saliéndose con la suya, evidenciando un desarraigo total a una intención de redimirse ante un electorado y un pueblo desencantado y distanciado de esa institucionalidad doméstica.

Nuestra urgencia como sociedad es en el tiempo que queda, lograr un salto que redimensione la democracia para que los comicios no sigan siendo al “estilo Honduras”.

Crear condiciones para una mejor gobernabilidad que garantice la continuidad de políticas dentro de una estrategia nacional de desarrollo.  No dejemos, por más que los políticos no lo quieran, de anhelar la esperanza de que un verdadero y genuino liderazgo político recoja el anhelo ciudadano de una profunda reforma electoral para perfeccionar esta frágil democracia.