Honduras está en la línea de alto riesgo frente a los efectos del cambio climático, un fenómeno que hasta ahora fue tratado con indiferencia o se han tomado con incredulidad los vaticinios acerca de su impacto y sus consecuencias desastrosas.
El Distrito Central está a unos días de quedarse sin agua por la falta de lluvias, las represas tienen una lectura abajo del 40 por ciento de su capacidad.
El Corredor Seco es un desierto. No hay agua y los cultivos se han echado a perder, mientras la Asociación de Municipios ha urgido que se eleve a alerta roja un centenar de comunidades donde la escasez de lluvias ha generado una situación severa que se extenderá a 2027.
En paralelo, en los departamentos de Gracias a Dios y Olancho fueron atendidas emergencias por inundaciones que obligaron a las dependencias de socorro y de contingencias a evacuar centenares de familias hace algunas semanas.
Un dato que llama a preocupación porque está de por medio nuestra subsistencia es el que refiere que Honduras ha perdido cerca de un millón de hectáreas de bosque, lo que equivale a cerca del ocho por ciento de su cobertura total.
Nuestro país atraviesa condiciones extremas: la implacable sequía que amenaza con dejar a más de dos millones de hondureños en inseguridad alimentaria, y las torrenciales lluvias que se llevan todo a su paso.
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Los expertos advierten que, en las próximas décadas, la demanda de agua subirá en un 12 por ciento. Las posibilidades de cubrir esas necesidades son mínimas dado que cada año llueve menos y los recursos hídricos se agotan a paso acelerado.
Tenemos encima la amenaza de los desastres naturales que ponen a prueba nuestro sistema de gestión de riesgos y coloca a las autoridades del país ante el desafío de poner en vigor un plan de adaptación de la infraestructura productiva y de servicios para luchar contra los efectos del cambio climático.
Hace ya varios años, Honduras se comprometió ante el foro de la Organización de Naciones Unidas (ONU), a incrementar a un 80 por ciento la generación de energía limpia, ampliar los programas de reforestación e incidir profundamente en políticas de resiliencia al calentamiento global y a todas sus derivaciones.
Los vaticinios no son buenos: la temperatura de la tierra puede incrementarse entre dos y cuatro grados centígrados, lo que quiere decir que la tragedia está encima si no se actúa de manera inmediata.
Si de algo debemos estar conscientes es que el cambio climático es un fenómeno real y un problema de vida o de muerte.
Es posible minimizar los daños, toda vez que sea promovida una cultura de prevención y de resiliencia de los sistemas de gestión de riesgos para preservar las vidas y procurar el desarrollo de nuestro país.
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