De las 1,721 instituciones educativas que funcionan en el departamento en Olancho, 938 escuelas no tienen agua potable, y otros 800 centros educativos carecen del servicio de energía eléctrica.

¿Qué ha pasado en Honduras, o qué dejó de hacerse en el sistema educativo público para que, con un presupuesto multimillonario anual, tengamos más de 5 mil escuelas y colegios “alumbrando” con “candiles” o “tachones de ocote”?

Sabemos que los desafíos presupuestarios en Educación están permeados por una asignación anual limitada, un margen reducido para inversión y ajustes y recortes en contextos de crisis fiscales coyunturales.

Pero con presupuestos como el de este año 2026 (47 mil millones de lempiras), nos cuesta aceptar que los recursos no sean suficientes para despedirnos de esas instituciones educativas sin servicios públicos esenciales.

LEA: Editorial HRN |La educación se cae 'a pedazos'

Y ahí es cuando entra en juego el tema de lo que es una educación eficiente y de calidad, pero no exclusivamente permeada por un presupuesto estatal suficiente, un pensum académico, la formación y capacitación continua del recurso docente o la actualización de los métodos de enseñanza.

Aquí hemos estado repitiendo y repitiendo que la educación es la mejor inversión, pero esa inversión no la estamos viendo reflejada cuando escuchamos noticias desde el departamento de Olancho: de los 1,721 centros educativos, solo 94 tienen un sistema de alcantarillado sanitario.

Es inaceptable e injustificable. Por muy limitadas que sean las asignaciones presupuestarias, 47 mil millones de lempiras tienen que ser suficientes para atender esas necesidades. Solo que, cuando la gestión del presupuesto se maneja como un gasto inteligente, por encima de la burocracia, de la ineficiencia y de la falta de dirección, rinde más y mejor.

Un informe del Banco Interamericano de Desarrollo, titulado Gasto Inteligente en Educación Escolar en América Latina, expone que el problema no es cuánto gastamos, sino cómo lo hacemos. El BID cuestiona el hecho de que en la región se ha confundido gasto con inversión, presupuesto con política, y dinero con mejora.

Gastar más ya no alcanza. Es hora de gastar mejor, resalta el informe. 47 mil millones de lempiras deben ser gestionados con un criterio inteligente de equidad y de eficiencia. Un presupuesto mal asignado redundará en una escuela deteriorada y derruida que a su vez impedirá que sus alumnos obtengan resultados excelentes.

Está comprobado que una infraestructura escolar de calidad y digna impulsa la planificación y diseño de entornos de aprendizaje eficaces. La cuestión entonces es gastar de forma inteligente.

LE PUEDE INTERESAR: Editorial HRN: ¡Prioricemos la educación, ombe!

En momentos en que el gasto público ha caído hasta un 3,9 por ciento en regiones como las Américas, la gestión del presupuesto se vuelve un imperativo en países que, como el nuestro, destina su presupuesto al pago de sueldos y salarios y al funcionamiento de la estructura burocrática.

Pero los presupuestos ya no pueden priorizar el pago de salarios sobre las necesidades de los estudiantes. Ello nos ha pasado una costosa factura en prácticamente todos los indicadores educativos del país, desde la cobertura hasta el deterioro de la infraestructura escolar.

Pensemos en eficientar el gasto público como una estrategia de país. La calidad del gasto, ya van a ver, optimizará y mejorará las condiciones institucionales y académicas.