¿Y qué ha terminado siendo en Honduras la política sin consensos? Pues lo que nos ha dejado como herencia nefasta. Una institucionalidad ilegítima y frágil, y una precaria democracia, sin representatividad ni inclusión.
La clase política hondureña, para nuestro pesar, no pudo desarrollar, entonces, la capacidad de construir esos consensos, necesarios y hasta obligatorios. Ese es el valor de la política.
El valor que no aprecian los políticos del patio. Es el compromiso con la política, que como funciona en otras sociedades, no es más que el compromiso con la gente.
Lo que ahora está sucediendo en los órganos electorales no es otra cosa que el resultado de la incapacidad de nuestros políticos de construir, obligatoriamente, consensos.
No han aprendido, que no hay democracia si no hay debate, y no hay política si no hay consensos. Cuando la lucha existencial que libran los consensos y la mismísima democracia contra el radicalismo y la autocracia se debilita, entonces sucede lo que ahora pasa en el Consejo Nacional Electoral, o lo que ocurrió en la elección del Fiscal General de la República, o con la escogencia de los magistrados de la Corte Suprema.
Cuando los cacicazgos partidistas pierden el sentido de servir a la voluntad colectiva y al interés general de la sociedad, dividiendo y confrontando, además, a la familia hondureña, entonces el sentido de misión del sistema democrático hace aguas. Y hoy, Honduras está pagando con creces las consecuencias.
La erosión social, económica y humana ha empeorado las condiciones de vida de millones de ciudadanos; ha sumido en la pobreza y en la pobreza extrema a siete de cada diez hondureños. Por eso es que nuestro sistema democrático es frágil y precario. El sectarismo, la polarización, la politiquería, voraz y mezquina, nos han hecho como sociedad, tocar fondo.
Los intereses partidistas han engullido nuestro espíritu de unidad, conciliación y reconciliación, y el flagelo de la corrupción y la impunidad, terminaron de hacer el resto. La olla de presión en la que los políticos han convertido a la sociedad hondureña.
Y lo peor hacia adelante, es que la misma sociedad pierda también su batalla existencial para construir las bases esenciales de nuestra convivencia. La magnitud de los problemas que enfrentamos, que hace mucho tiempo se volvieron ingentes como insoportables para la mayoría de los hondureños, vuelven urgente el llamado a la clase política a deponer sus intereses, en favor de un propósito nacional.
Esa es la base para el crecimiento elevado y sostenible, que nos lleve a estadios dignos de bienestar y equidad, única forma de construir y hacer perdurable una democracia auténtica, inclusiva y participativa.
El bienestar general y equitativo, las mismas oportunidades para todos, requieren de normas claras e inmunes a las interpretaciones arbitrarias y manipuladas por la clase política gobernante, tradicional y sectaria. Se trata del valor más significativo de la democracia.

