Y nunca, esa peligrosa colusión había llegado a convertirse, como ya lo es, en la peor amenaza para la estabilidad y el orden democrático del país. Si hoy, el sistema democrático, tal como lo tenemos, pervive, es porque muchos hondureños todavía creemos en él, y lo seguimos defendiendo de las feroces conspiraciones de los políticos del patio.
Los nuevos escándalos de colusión con el crimen organizado y la corrupción que salen a luz pública, no solo hunden en el fango de su propia podredumbre, al sistema político partidista, sino que, además, empeoran el deterioro de la democracia liberal, aumentando cada vez, la insatisfacción de la gente hacia la institucionalidad que la representa.
Una auténtica tragedia para la gobernabilidad y la legitimidad democrática; una franca precariedad, que no es nada saludable para el país, y menos, para las instituciones democráticas. Cuánta razón no tenía un respetado y juicioso representante del foro nacional al decir que “los políticos ya decidieron desconocer las leyes e imponerse por el poder.
Un ex presidente condenado por la justicia de los Estados Unidos, junto a varios ex congresistas y altos mandos policiales y militares que corrieron la misma suerte.
Ahora, surgen más narcovideos y confesiones, que seguramente derivarán en inminentes solicitudes de extradición. Cuestionadas decisiones, como la de renunciar al único mecanismo que ha permitido enjuiciar y condenar a los narcopolíticos hondureños, aunque fuese en otro país.
El coludido reconocimiento y alineación con gobiernos no solamente autocráticos, sino que vinculados con el narcotráfico internacional.
Honduras ha estado viviendo una involución, por culpa de los políticos, contra los valores fundamentales de la democracia. Se ha resquebrajado el estado de derecho y hasta el tejido social. Ha sido distorsionado el sentido de misión que alguna vez pudo trazar la buena política. Nunca como ahora, la gobernabilidad y legitimidad de la institucionalidad constituida, había estado bajo tal ataque.
Una clase política, como ésta, carente de valores, legitimidad y confianza, no nos sirve ni nos servirá para nada. ¿Cómo vamos a sacar de la pobreza a esos siete de cada diez hondureños, sumidos también en el desánimo y la pérdida de la esperanza?.
Insistimos. Si la democracia pervive en honduras, es porque muchos todavía creemos en ella, y a pesar de todo, seguiremos apostando por este sistema. Renunciar a plantarle batalla a la clase política y gobernante, sería renunciar a seguir luchando por alcanzar nuevos espacios de libertad, justicia y bienestar colectivo.
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