Los jóvenes han reclamado que se les conceda el espacio que les pertenece como gestores del cambio que necesita nuestro país para salir de la zona de naufragio en que se encuentra.
Lamentablemente, este sector de la población se encuentra en el olvido. La tercera parte no trabaja y ya perdió la esperanza de encontrar una fuente de ingresos en la economía formal.
La triste y vergonzosa conclusión a la que llegamos es que nuestros jóvenes no han llamado a preocupación, ni mucho menos han sido una prioridad ni en las administraciones ni en el presente Gobierno.
Los jóvenes hondureños sólo son sujetos pasivos de las falsas políticas públicas de desarrollo y de los discursos escritos en letra muerta y pronunciados por los demagogos y por los populistas que pregonan ser abanderados del pueblo y defensores de la democracia.
Nuestras generaciones nuevas viven en el oscurantismo, si hemos de hacer referencia a que el desempleo entre los jóvenes alcanza el 11 por ciento y que apenas seis de cada 10 egresados del nivel superior encuentran una plaza laboral.
Este entorno excluyente empuja a un número de entre 600 y 1,000 hondureños a emigrar irregularmente cada día hacia Estados Unidos, en su mayoría jóvenes que no encuentran en su tierra condiciones de igualdad social ni de prosperidad económica.
Y si esta tendencia continúa en aumento, para el período 2035-2040 nuestro capital humano habrá abandonado su tierra en gran escala. Es una pérdida que no podremos compensar por mucho que se incrementen las remesas ingresadas en nuestra anémica economía.
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Los empresarios, los organismos de la sociedad civil, la academia, los líderes obreros y todos los que integramos esta Honduras, debemos entender, de una vez por todas, que los jóvenes necesitan oportunidades y hay que crearlas.
Por justicia, ellos tienen derecho a vivir en un país con ventajas y a no seguir siendo discriminados ni condenados al círculo de la desesperanza y la pobreza.
Los jóvenes son la fuerza que ha de conducir la construcción del futuro de nuestro país, abatido por la inseguridad, la injusticia social, el letargo económico y la instabilidad política.
Es un derecho que por legítima heredad les corresponde a las nuevas generaciones, sobre todo en el caso de Honduras, cuya población es mayoritariamente joven.
Y mientras la llama de la juventud permanezca viva, podemos atesorar la esperanza de que este segmento de nuestra población cumpla fielmente con su misión de sembrar la semilla del desarrollo, de la equidad y de la inclusión en Honduras.
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