No han sido, sin duda, tiempos fáciles en la educación pública de Honduras. La endeble infraestructura, la insuficiente cobertura, la corta visión y misión de los administradores de turno del sistema, y la calidad educativa en precariedad, han limitado la generación de conocimiento y el ensanchamiento de las brechas sociales en la sociedad hondureña.

Sólo 8 de cada 100 alumnos tienen un desempeño aceptable en matemática, mientras 52 de cada 100 estudiantes logran una calificación más o menos notable en español y otras materias básicas, según un estudio presentado el año anterior por la Universidad Pedagógica Nacional.

Durante estos días, HRN ha venido evidenciando, en el tema bandera semanal, cómo los desatinos de la política educativa le han hecho pagar al país, a sus alumnos, a los docentes, a los padres de familia, un alto precio reflejado en los dos indicadores de resultados a los que hacíamos referencia, de acuerdo al informe de la Universidad Pedagógica.

Indicadores y resultados que además reflejan la desigualdad en la calidad de la educación impartida, y que impiden la promoción de las habilidades determinantes que el mercado laboral exige.

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Aislado no es el dato de que sólo el 20 por ciento de los 10 mil nuevos profesionales que anualmente gradúa la Universidad Nacional Autónoma, tienen la oportunidad de encontrar trabajo en el país.

La monumental tragedia académica que agrava las condiciones sociales y económicas, que le conculca el inalienable derecho a la niñez y juventud del país, a aspirar a mejores expectativas de bienestar y vida.

Una franca deshumanización social que sin duda sobrepasa las conspiraciones promovidas por un sistema que secuestró el derecho al que llaman, el “futuro de Honduras”, a una formación inclusiva, pertinente y equitativa.

Como sociedad, hemos prácticamente perdido de vista el enunciado de bienestar común y colectivo, de que el futuro de esta nación estará supeditado y determinado por la calidad de su educación y la extensión de su sistema educativo.

Nos hemos olvidado de que el crecimiento económico y el fortalecimiento del empleo es el resultado de un capital humano calificado y formado bajo los parámetros de una educación con calidad.

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El fracaso, sobre todo, de la institucionalidad de turno, que no pudo generarle esperanza a los jóvenes aquí, para qué a través de una educación formal y pertinente, pudieran alcanzar.

Una institucionalidad que fracasó en garantizar el derecho constitucional a la educación, en la cobertura y acceso universal al conocimiento. En cada período lectivo, más de 400 mil niños y jóvenes siguen quedando fuera del aula escolar.

Sólo 31 de cada 100 jóvenes en Honduras tienen la oportunidad de acceder a un centro educativo. Así es imposible que el sistema los pueda llegar a preparar en habilidades, destrezas, y competencias para su inserción en el mercado laboral.

Sin educación de calidad y con igualdad de oportunidades para todos los niños y jóvenes de Honduras, nuestro desarrollo económico y social seguirá siendo incierto, continuará estancándose.

Es el conocimiento y la oportunidad que da la educación de calidad, lo que, probadamente, impulsa el progreso económico y el bienestar común y colectivo.

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