Que ni siquiera la situación de miedo e incertidumbre en la que han entrado los 55 mil compatriotas que todavía seguían acogidos al Estatus de Protección Temporal en Estados Unidos, desvíe la atención general sobre el problema mayor, el mal de todos los males en Honduras.
Que ni las amenazas que se ciernen sobre el proceso electoral general, apacigüe la urgencia nacional de combatir, el que seguramente es, el principal flagelo que asola a la sociedad hondureña.
Que ni la “pandemia” del desempleo que precariza las aspiraciones y sueños de miles de jóvenes a tener un trabajo digno, desplace a la corrupción pública del primer lugar en el listado de preocupaciones de los hondureños.
Por más y nuevos problemas que se nos vengan encima, incluso los que se generan como cortinas de humo, moralizar a la clase política de este país debe seguir siendo, sin divagaciones y entretelones, la tarea urgente y necesaria.
La semana anterior quedó en evidencia uno de los más deleznables casos de uso proselitista de fondos públicos y su vinculación con resultados electorales.
A través de la Secretaría de Desarrollo Social, diputados y funcionarios oficialistas hicieron uso proselitista de casi mil millones de lempiras, para repartirlos como propios, tal cual piñata electorera, entre activistas y candidatos del partido de gobierno, sin soporte y sin rendir cuentas sobre el uso de semejante botín electoral.
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La corrupción y la impunidad, en todas sus variopintas configuraciones, es el mal de todos los males. Es la génesis del retraso económico y social del país. Es la causa por la cual Honduras pierde anualmente el 12 por ciento del Producto Interno Bruto.
Tiene al 62.9 por ciento de los hogares, urbanos y rurales, viviendo en pobreza, y postrados, en indignas condiciones de vida, a la mayoría del pueblo hondureño.
Y como la clase política y gobernante sigue sin reaccionar ante el reclamo de rendición de cuentas que se le exige, aún con esta bomba social a punto de explotar, como sociedad entonces, debemos darnos prisa a actuar, sin más contemplaciones y sin treguas, con conciencia crítica y en unidad de cuerpo ciudadano.
Las indignas condiciones de vida de la mayoría de los hondureños por culpa del drenaje de fondos con fines proselitistas, que es también corrupción, no parecen haber calado en ésta clase gobernante actual, que en lugar de canalizar, solidaria y humanitariamente, ese montón de dinero del Fondo Social Departamental, lo desviaron a la compra inútil de dispositivos de sonido, cámaras fotográficas y equipo de impresión de material de propaganda electorera.
El desdoblamiento de una clase política y gobernante en su más baja versión populista y proselitista. El mal de todos los males, que ha debilitado nuestra democracia y que ha condenado a la miseria a los más vulnerables. Honduras no puede seguir siendo la misma y las clases gobernantes de turno, iguales o peores que los que pasaron.
Es la hora de presionar a ésta clase política, y luchar por una sociedad en la que la justicia, la equidad y el bienestar colectivo prevalezcan sobre los intereses electoreros y mezquinos de unos pocos, teniendo claro que la corrupción, la impunidad política y el derroche proselitista, son y siguen siendo, el mayor obstáculo que tenemos para aumentar la productividad, el desarrollo, y la construcción de un futuro más próspero para todos.
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