Es incuestionable que necesitamos revisar nuestra estructura productiva en procura de reactivar aquellos rubros sobre los cuales nos hemos recostado para sostener nuestra economía.

Hemos avanzado en algunos terrenos, pero nos hemos estancado en otras áreas que son vertebrales para generar riqueza, elevar el nivel de competitividad y garantizar el mejoramiento de las condiciones sociales y económicas de nuestra gente.

Nuestro país ha estado atrapado entre la negligencia e intolerancia de la clase política y la falta de agresividad de algunos sectores de inversionistas, mientras otros segmentos de influencia económica han entrado en “negocios turbios” con la cúpula del poder.

No ha habido espacio para abrir con responsabilidad los caminos de la inversión, del crecimiento económico, la bonanza social y el equilibrio político. Son materias que se han dado al olvido en esta convulsa Honduras.

Quienes han llegado al poder de la nación han manifestado sus intenciones de reactivar el aparato productivo para colocarnos en mejores posiciones de competitividad y capacidad de apuntalar nuestro Producto Interno Bruto.

Siguiendo la línea de los discursos doctrinales, el Poder Popular de la presidente Xiomara Castro tomó el compromiso de invertir una estratosférica suma de recursos para ejecutar obras de infraestructura, crear empleos en gran escala y estimular la actividad económica.

Son las mismas falsas expectativas que se anidaron en el gobierno anterior, cuando se anunció un plan agresivo de inversión de cinco mil millones de dólares orientados a los renglones de energía, construcción y vivienda, turismo, agro-negocios, minería y petróleo, infraestructura, maquilas y ensamblajes y recursos forestales.

Son antecedentes que ponen en evidencia que los hondureños hemos estado inmersos y seguimos embaucados por los cantos de sirena y por una gama de ilusiones que suelen ser fabricadas para fines de promover tal o cual tesis política.

Qué lejos estamos de alcanzar el punto de despegue que ponga a nuestro país en ruta a la evolución. Vivimos una crisis que solamente podemos superar sobre la base de la planificación del desarrollo a ritmo constante.

Nuestra economía está estancada en un pírrico crecimiento promedio de tres por ciento; las exportaciones se caen, la producción va en retroceso; más de dos millones tienen problemas de empleo; en general, nuestra Honduras está tocando fondo.

Es imperativo, entonces, que nuestros gobernantes enrumben al país hacia el fortalecimiento y diversificación sin precedentes de nuestro aparato económico y hacia una movilidad social de las mayorías deprimidas.

Los que dirigen los destinos de este país no pueden olvidar su promesa de dejar de lado las mentiras, las agendas improvisadas y los discursos demagógicos.

La concertación de una visión nacional y de un plan de país es una deuda pendiente que tiene que ser saldada si es que todavía existe entre la clase política una mínima reserva de honestidad para no perder a Honduras.