El 35 por ciento de los hogares hondureños perciben 10 mil lempiras como ingresos mensuales mientras el valor de la canasta básica para una familia de cinco miembros subió a 14 mil 500 lempiras mensuales.
De ahí, que 6 de cada 10 hogares sigan sumidos bajo condiciones de pobreza. Los que menos perciben entonces, son los que más sufren las embestidas del alto costo de la vida, y una de las acciones más detestables desde el punto de vista del funcionamiento y formación de los mercados: la ola especulativa.
Y en la práctica, los otros y demoledores efectos, el aumento sostenido de los precios de los bienes y servicios, y la consecuente pérdida del valor adquisitivo del pueblo hondureño, nos han terminado de pasar una carísima factura, tan alta como la que mensualmente nos pasa la tenebrosa estatal eléctrica.
Aunque los efectos de la pandemia en el comercio y transporte de bienes y productos, parecieran haberse vuelto imperdurables, nada tendría que justificar que habiendo suficiente producción y una robusta reserva estratégica de granos, como informa el sector oficial, se tuviese, como ocurrió hasta hace poco, que estar racionando la venta de huevos en los mercados de consumo popular, y que productos tan esenciales como el frijol y el maíz para las tortillas, se sigan comercializando a precios prácticamente inaccesibles para la mayoría del pueblo hondureño, más allá de que su ciclo productivo relativice el abasto y el precio.
El último fin de semana, la Asociación por la Defensa de la Canasta Básica Alimenticia, reportaba en el Mercado Zonal Belén, un incremento en 10 de 16 productos monitoreados, registrando en, por ejemplo, el tomate pera, un aumento de 5 lempiras en su precio al consumidor.
La acuciante realidad en el bolsillo del pueblo hondureño, que se agrava cuando la institucionalidad se vuelve incapaz de mantener a raya la especulación y el abuso. Y cuando la institucionalidad gobernante es tolerante y permisiva con los especuladores e intermediarios, haciéndose de la vista gorda ante las prácticas especulativas, la inseguridad alimentaria toma entonces carta de ciudadanía.
Según el último informe de la FAO, en Honduras cerca de 5.9 millones de personas padecen de inseguridad alimenticia grave o moderada. La oficina nacional de al agencia de Naciones Unidas reveló además que casi el 20 por ciento de hondureños no consumen alimentos suficientes para satisfacer sus necesidades nutricionales.
Reconocemos que aunque el abastecimiento se ve mermado en razón de los ciclos productivos, eso no justifica lo que ha estado ocurriendo. Se trata de alzas totalmente injustificadas como especulativas.
Lo que sí es claro que lo que hoy vive la población hondureña es el resultante de causas estructurales que vienen arrastrándose en el tiempo como resultado de una involución asimétrica e injusta en el sistema. Causas que tampoco fueron abordadas y que hoy siguen sin ser prioridades en la agenda de solución de problemas.
Con el segundo Índice de Precios al Consumidor más alto de Centroamérica, el impacto directo en el costo de la vida del pueblo hondureño es grosero y demoledor.
¿No se vuelve necesario y urgente que la actual administración, a la que ya solo le queda un año y meses, salgan de esa burbuja en la que parecen seguir, culpando de todo lo que nos pasa y NO nos pasa a los que ya se fueron, y nos demuestren por fin, por qué es que fueron elegidos?

