La gestión de las crisis siempre fue el “talón de Aquiles” de la gobernanza de turno en Honduras, y generalmente atribuible a la carencia de una gran visión de políticas públicas. Así, con el covid, por ejemplo, la gobernanza de aquel entonces, no supo qué hacer con la epidemia que en el país mató a más de 10,500 hondureños.
En los últimos 3 años se perdieron en Honduras unos 45 mil empleos, agravando la precariedad laboral, a tal extremo que 7 de cada 10 hondureños no pueden encontrar una oportunidad de trabajo en el mercado formal laboral.
Y no pudo esta administración, en sus ya cuatro años de gobernanza, gestionar la agobiante crisis de desempleo que priva entre la población económicamente activa, y que orilla, diariamente, a unos 500 jóvenes a irse “mojados” a los Estados Unidos.
Mientras irrumpía una nueva administración en el gran país del norte, con un nuevo presidente que ha visto al inmigrante indocumentado como un “enemigo”, los países de la región, qué, como Honduras, son los principales “exportadores” de inmigrantes, comenzaron de inmediato a trazar sus planes de contingencia para hacerle frente a las consecuencias de las deportaciones masivas.
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Aquí, lo que hicieron los voceros del gobierno de Castro fue propalar una narrativa ideologizada contra las políticas “antiinmigrantes e inhumanas” de Trump, mientras le ofrecían una “acogida refundacionalmente generosa” a los primeros deportados, dándoles 100 dólares como “capital semilla” para buscar aquí, el sueño hondureño.
Nuestra improvisada gobernanza. Nuestra institucionalidad gobernante, que no ha tenido una visión de políticas públicas, ni los arrestos para hacerle frente a los embates de las crisis.
Una gobernanza sin un espíritu de combate y reivindicación para desafiar los ingentes problemas de la población hondureña, según los tiempos y las coyunturas del momento.
De ahí que en el país hayan más de dos millones de hogares que apenas subsisten con un ingreso per cápita diario igual o menor a un dólar americano, y que no han tenido a lo largo de las últimas décadas, más que temporales momentos de certidumbre y tranquilidad y esperanza.
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Esos hogares cuyos miembros solo comen dos veces al día, que es cierto, han pagado el precio de la crisis global de los alimentos, pero más, de la inacción de la gobernanza local que a pesar de haber sido advertida en su momento sobre sus consecuencias, no trabajaron en un plan anticrisis para mitigar el impacto que esos fenómenos exógenos provocan a nivel interno.
La pandemia del covid, en su momento, le enseñó a la humanidad y a los gobiernos del mundo, que diseñar y contar con un plan de supervivencia, fue la clave para salvar vidas, las economías de los países y el mismo tejido social.
Pero en Honduras, lamentablemente, el mortal impacto de la pandemia se abordó desde la improvisación y la inacción. No se trata, entonces, de las consecuencias de los factores exógenos que generan las crisis.
La factura más cara para una sociedad, para el pueblo hondureño, a la luz de las experiencias vividas, la pasa la tardía reacción o la improvisada actuación de la gobernanza de turno.
El eterno comportamiento de la rancia clase política que le ha impedido a Honduras, antes y ahora, sentar las bases de su despegue económico y desarrollo social.
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