La edificación del último hospital público construido en Honduras data del año 1993. Desde el año 1882 a la fecha, en Honduras sólo se construyeron 28 hospitales, entre nacionales, regionales y de área.
Nicaragua, aquí a la par, tiene 77 hospitales nacionales operativos, para una población de 6 millones 800 mil personas, pero para atender, además, a cientos y hasta miles de hondureños que se ven obligados a buscar en el sistema sanitario público nicaraguense, la atención que no tienen en la patria que los vio nacer.
La cruda realidad de Honduras, reflejo de un Estado que no invirtió en salud. Las consecuencias de llevar al poder a una institucionalidad gobernante, que a la luz de la evidencia, consideró siempre que el gasto público en salud, era más bien una sobrecarga económica, y no una medida rentable para ella.
Sin siquiera una cama hospitalaria por cada mil habitantes, en Honduras nunca nos dimos cuenta, entonces, que la inversión en salud beneficiaría e impactaría directamente, en el crecimiento económico y en el desarrollo social del país.
Y cuando no pudimos estar cerca de la alcanzable y hasta modesta media de la OMS de 2.5 camas hospitalarias por cada mil habitantes, quedamos exhibidos como nación y como sociedad, con la crudeza misma de las consecuencias, en cuanto a la falta de inversión en salud y en la economía de la salud.
Por nada es que el gasto en salud de Costa Rica, que es del 7.2 por ciento de su Producto Interno Bruto, se ve reflejado en los 22. 8 médicos contratados por el sistema sanitario público del hermano país centroamericano, para atender a un promedio de 10 mil habitantes.
El pobre gasto en salud de Honduras apenas roza el 3.6 por ciento de su Producto Interno Bruto. De ahí que tengamos 2.2 médicos para 10 mil habitantes. Cuatro veces menos doctores que el promedio regional que es de 9.9 galenos.
Lo exponía ayer en Diario Matutino, el director del Foro Social de la Deuda Externa de Honduras, Fosdeh. La salud en Honduras no ha sido un objetivo fundamental al desarrollo. La institucionalidad gobernante de turno, no dimensionó ni calculó siquiera, la importancia de invertir en salud para fomentar el desarrollo económico y reducir la pobreza.
No diagnosticó ni pronosticó que ampliando la cobertura hospitalaria y de los servicios de salud esenciales, no solo sanaría a la población enferma, sino que, además, contribuiría, con una población sana y con acceso a atención médica preventiva, a reducir la pobreza, promover desarrollo económico y estimular bienestar social.
En Honduras, la mala salud siempre fue en menoscabo del desarrollo económico, del bienestar colectivo y de las mismas expectativas de vivir. Por eso es que la tasa anual de 108 muertes maternas por cada 100 mil nacidos vivos, debe seguir siendo una cifra inadmisible en el país.
Las inversiones en infraestructura hospitalaria, en cobertura sanitaria y en protección social, son, junto a otros factores, obviamente, pilares para el crecimiento económico y el bienestar colectivo. Y en los países adelantados y en las naciones que sí tuvieron misión y misión, se erigieron en componentes esenciales de las estrategias nacionales de desarrollo.
El pueblo hondureño merece que el aumento del gasto público en salud, no solo mejore su pronóstico de vida, sino que además ensanche la brecha de igualdad de oportunidades.
Para la actual administración del país, y para nosotros, como sociedad organizada, nos queda, hacia adelante, prohibido olvidar que el acceso a servicios de salud básicos y esenciales, es lo que nos permitirá establecer un cimiento humanitario sólido y una hoja de ruta hacia una compensación justa para miles de hondureños que hoy siguen muriéndose a la entrada de los pocos hospitales públicos que tenemos, o haciendo inhumanas filas para una cita médica, que de todas maneras la terminarán consiguiendo hasta un año después, o quizás nunca.

