Honduras ha pasado los últimos años pagando las consecuencias de la falta de una política de estado agrícola, estratégica y coherente.

Y en la medida que la indiferencia, los cortoplacismos y la falta de voluntad política, terminaron de hacer el resto, la  factura que nos ha tocado pagar como sociedad, ha sido carísima. La producción de maíz sigue por debajo de la demanda de consumo. El grado de dependencia de la importación del grano, en promedio, es de un 7,5 por ciento.

El campesino hondureño es el que menos riqueza genera en relación a sus homólogos centroamericanos, y su labranza, la que menos rendimiento y productivad dá, por hectárea sembrada.

En 1995, los productores hondureños obtenían, en promedio, casi las dos toneladas de maíz por  hectárea sembrada. Hoy,  la productividad de esa misma hectárea cayó a más o menos, las 1.4 toneladas.

Mientras un productor costarricense obtiene anualmente en promedio, lo que en Honduras serían cien mil lempiras por su actividad, un guatemalteco produce 40 mil lempiras, mientras un productor nicaraguense gana por su actividad en el campo, unos 38 mil lempiras.

La participación del sector agroalimentario nacional en el producto interno bruto era en la década de los ochentas, de un 21.6 por ciento. En los noventas era de un 17.0 por ciento, y desde la década del dos mil, contribuye en promedio con el 13.6 por ciento.

Décadas atrás producíamos granos para abastecer incluso, la demanda de los países vecinos. Hoy, la labranza sólo abastece el 65 por ciento del consumo nacional de maíz, y en rubros como el arroz, el 75 por ciento del grano que comemos,  viene de estados unidos y de otras naciones cercanas.

El sector agroalimentario apenas contribuye en un 0.39 por ciento al crecimiento económico de la nación, y representa el 16.9 por ciento del valor total de las exportaciones.

Cierto es que en los últimos años Honduras ha tenido una buena producción de maiz, pero el país, contrastando el dato al relato oficialista, sigue siendo deficitario y nuestros productores no pueden abastecer la demanda total nacional.

Las consecuencias de este marasmo de medidas cortoplacistas y proyectos improvisadamente diseñados en climatizadas oficinas públicas, lejos de las visiones integrales dirigidas al campo. Dejamos solo al productor.

En 1990, para el caso, la producción bovina era de unas 96 toneladas anuales de carne.  En el 2005, bajó a 73 toneladas. Hoy, tenemos que importar una buena parte de la carne que consumimos.

Y aquí seguimos diciendo que hay incentivar la producción agrícola, que el campo sigue siendo la tabla de salvación ante la amenaza de la inseguridad alimentaria.

Y miren. Para el agricultor, para el productor nacional, sacar una cosecha, incluso a pequeña escala, puede ser la diferencia entre una vida de prosperidad y una vida en la pobreza.

¡Eso es, lo que tenemos prohibido olvidar!