Ante la comunidad internacional, los hondureños somos unos “mendigos” que nada más vivimos con la mano extendida a la espera de préstamos y de ayuda, pero incapaces de producir los bienes y servicios que necesitamos para satisfacer la demanda de la población.
Así ha sido desde que estamos encadenados a la adquisición de deuda para apoyo al déficit presupuestario que cada vez es más hondo; sin embargo, nos hemos olvidado de generar riqueza mediante la reactivación de nuestro aparato económico.
Una evidencia clara es que el Congreso Nacional aprobó hace unos pocos días un estratosférico presupuesto para el período 2025, estimado en más de 430,000 millones.

Y para sostener ese plan de ingresos y de gastos, el Gobierno tiene que adquirir una deuda de 79,000 millones de lempiras. No es un pecado tomar compromisos de ese tipo, siempre y cuando no estén dirigidos a gastos estériles, sino a multiplicar la producción y la competitividad.
Tristemente, el monto contratado por Honduras en los pasados y en el presente gobierno ha sido para derroche o para rubros de asistencia que no tienen verdadera incidencia social, sino peso político.
Esto explica por qué las iniciativas para aliviar la pobreza absorben centenares de millones sin resultado alguno. Para una muestra: en 2023 se destinaron 400,000 millones para el alivio de los grupos desprotegidos; sin embargo, el producto no fue significativo.
Tenemos una larga historia como un país pobre altamente endeudado. Entre 2002 y 2006, el país logró la condonación de dos mil millones de dólares de una deuda que se había vuelto impagable.
Más de dos décadas después, volvimos a caer en el callejón sin salida del endeudamiento. Estamos encadenados a un saldo por deuda pública que roza los 17,000 millones de dólares.
Postración económica, desorden fiscal, corrupción, pobreza y un pesado aparato estatal son parte de todo un proceso fatal al que ha sido arrastrado nuestro país desde hace más de 40 años desde que volvimos al orden constitucional.
Si no exista productividad y el endeudamiento se incrementa, no habrá manera de que la economía nacional salga a flote, en una etapa de muchos contratiempos como son el endurecimiento de la política migratoria de Estados Unidos que pone en riesgo el envío de remesas, la principal fuente de alimentación de la economía hondureña.
El crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), se ha estancado en un tres por ciento anual; en cambio, el presupuesto de gastos y de ingresos crece en un promedio de cinco por ciento que representa unos 20,000 millones de lempiras.
Y si no avanzamos en la creación de riqueza, si no abrimos empleos y si no somos capaces de atraer inversión, ¿cómo vamos, pues, a dejar de depender del endeudamiento y cómo podremos zafarnos de ese “marbete” de “mendigos”?

