Según las proyecciones más moderadas, se calcula que el número de jóvenes sin empleo este año se incrementará en 150 mil, aumentando a más de 930 mil los jóvenes que en Honduras no trabajan ni estudian.
Una triste realidad que se agrava cuando una reciente investigación de campo de la Universidad Pedagógica Nacional en el Departamento de Olancho, constató que el 78 por ciento de los estudiantes, entre quinto y octavo grado, sólo está pensando en emigrar a los Estados Unidos.
Una de las conspiraciones más grandes contra el futuro y presente del país por la cual se ha venido transmitiendo de generación en generación, la desigualdad, la falta de movilidad social y la pobreza.
Una monumental tragedia que le veda las expectativas laborales a los más de 300 mil jóvenes profesionales o egresados del sistema formal técnico; que empeora los ya de por sí deprimentes indicadores pedagógicos y sociales, y que le roba el derecho a la niñez y juventud del país, a soñar y aspirar a mejores condiciones de bienestar.
Que en Honduras tengamos más de 930 mil jóvenes que no trabajan ni estudian solo refleja el fracaso del Estado y su institucionalidad en generarle esperanza a su juventud, y garantizarle las condiciones y herramientas para que, a través de la educación formal, puedan alcanzar y coronar sus metas de vida.
Fracasamos, y es lo que tenemos prohibido olvidar, en garantizar el derecho constitucional a la educación, en la cobertura y acceso universal al conocimiento. Se le vedó la posibilidad al niño y joven de estar en las aulas de clase, al margen de sus condiciones socioeconómicas.
No es de extrañar entonces que el 50 por ciento de las personas que emigran irregularmente del país, son jóvenes.
35 de cada 100 estudiantes que se matriculan en la escuela pública, solo desean irse “mojados” a los Estados Unidos. La pobreza, los embarazos adolescentes y la falta de motivación para seguir en las aulas, además de una pobre oferta educativa, siguen alejando a los jóvenes de las aulas.
Y después, una educación inconclusa los termina excluyendo del mercado laboral, cuya dinámica se centra en los sectores y segmentos donde la formación es determinante.
Que sean tantos los jóvenes alejados de las aulas suponen una afrenta que conspira contra la inclusión y la educación pertinente, y que más del 60 por ciento de los estudiantes que están dentro del sistema, quieran abandonar las aulas para irse ilegalmente a Estados Unidos, va a impedir que podamos construir una sociedad democrática e inclusiva, respetuosa del ser humano, y sobre todo, de la niñez y juventud, históricamente en desventaja en Honduras.
Es la hora de tener claro que lo único que podría romper estos ciclos de desigualdad y pobreza es la educación formal o técnica. Tanto el sector público como la empresa privada están obligados a atender este problema fortaleciendo la inversión en educación.
Se trata de la única vía para terminar con esos ciclos que no nos permiten apuntar hacia nuestro crecimiento económico. Ahí es donde tienen que enfocarse los esfuerzos. Eso es lo único que podría sacar de ese ciclo vicioso a esos más de 900 mil jóvenes que no estudian ni trabajan. Es lo que sin duda les va a poder cambiar la vida.

