El sector productivo agrícola, sobre el que históricamente han caído casi todas las plagas y conspiraciones generadas por la burocracia de turno, volvió a ser, como casi siempre, el más golpeado por el último fenómeno meteorológico que se ensañó con el territorio nacional.
Y cuando un sector tan importante, que aporta el 13 por ciento al producto interno bruto, que representa el 36 por ciento del valor total de las exportaciones del país, y que emplea al 35 por ciento de la población económicamente activa, no es marginal ni coyuntural el análisis y el abordaje de la situación en la que se encuentra uno de los motores de la economía nacional.
Se trata, además, de la producción de la comida de la población, y de la seguridad alimentaria de los hondureños.
Los fenómenos naturales, las llenas o sequías, no los podemos controlar. No está en las manos de nadie evitarlos. Pero sí se pueden menguar los efectos y consecuencias, con estrategias y políticas públicas.
Y es en eso, en lo que después del paso de la tormenta tropical Sara, HRN y TSi han estado enfocados en mantener vigentes en la discusión de la agenda nacional.
Las circunstancias para que el sector productivo no se vea severamente afectado por los fenómenos naturales, por las llenas o por la sequía, serían menguadas por la planificación y por una visión de país.
Los problemas del campo en Honduras son visibles, pero igual de visibles son las soluciones, si alguna vez los gobiernos de turno se hubiesen sentado a planificar, a operativizar las visiones de país.
Solo se trataba, insisten los que trabajaron en diseñar las políticas de estado que nunca vieron la luz, de tener voluntad política para "darles viento".
El país pudo echar a andar estrategias y políticas de estado muy buenas. Programas como el plan agro o como las mesas agrícolas fueron partos de aquellas estrategias madres.
Se pagaron millones y millones en el diseño de aquellos primeros pilares sobre los que se levantaron las políticas de estado que nunca salieron del papel. En el diseño de un plan de país agrícola, entre finales de los noventa y principios de los dos mil, honduras gastó más 700 mil dólares, se contrataron a expertos de afuera, pero dicho plan terminó siendo engullido por la burocrática maraña de intereses y estatismo administrativo que tanto daño nos sigue haciendo.
Si en el país se hubiese logrado concensuar y echar a andar, los por lo menos, cuatro grandes planes de país que el sector productivo agrícola requería, otro gallo nos hubiese cantado".
Otros paises han podido manejar el campo con un par de política de estado, concensuada con todos, con los agricultores, con los técnicos que no son los activistas del partido de gobierno.
En los últimos cincuenta años, en honduras se trabajó en no menos de 500 proyectos agrícolas, los que casi en su totalidad –siendo muy buenos y practicos- quedaron nada más en el diseño.
Honduras tiene por escrito casi el mismo modelo agrícola chileno, con la única y particular diferencia que allá, los políticos y los partidos fueron obligados a respetarlo y ejecutarlo a mediano plazo, independientemente de quien llegara al poder.
Y hace una década y media atrás, las exportaciones agrícolas chilenas pasaron de cuatro mil a diez mil millones de dólares, mientras nuestro país, con 1.2 millones de hectáreas cultivables, tiene que importar hasta el maíz que consumimos, el frijol y hasta las verduras y legumbres.
¿Porque ellos pudieron y no nosotros no?
Porque aquí la politización ha sido un obstacúlo. Porque aquí todo debe pasar por el tamiz partidista sectario. Porque aquí esa burocratización conspiradora ha creído que sólo con un marco legal y no con una política de estado, vamos a potenciar el campo y la agricultura.
La dispersión de propósitos, el sin fin de proyectos, la extrapolación de leyes, no ha permitido priorizar las inversiones públicas en el campo, generar desarrollo en la parcela de cultivo, ha ralentizado la producción. El campo reclama ya su hora y su lugar. Ya no más improvización y politiquería.

